Cuando leí el tweet de @realDonaldTrump en noviembre del año pasado: “El concepto del cambio climático fue creado por y para los chinos para lograr que las manufacturas estadounidenses no sean competitivas”, debo admitir que mi primer instinto fue reírme. En su momento, ese mensaje era solamente eso: un mensaje de menos de 140 caracteres, que leías, te reías y mencionabas en charlas de café o asados, seguido de un “Pobre tipo, está loco”, o “¿Viste lo que dijo? Un delirio total”, o “Ni a patadas lo dice en serio”.

Acá estamos, siete meses después, y los 140 caracteres ya no me causan tanta gracia.

El acuerdo de París es un documento, firmado dentro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que a lo largo de 2016, logró ser ratificado por 147 de 197 miembros, y así ser firmado por 195 países (Siria y Nicaragua se abstuvieron). Este, que tiene fecha de aplicación a partir del 2020 cuando su antecesor, el pacto de Kyoto, deje de ser vigente, y tiene como objetivo, en líneas generales, ajustar el comportamiento internacional para evitar el aumento de la temperatura a nivel mundial, reducir la emisión de gases de efecto invernadero y lograr una adaptación a un desarrollo más sustentable.

En las últimas semanas, la administración de Trump reiteradamente puso el guiño sobre la posible salida del acuerdo, aunque aún no se han hecho las declaraciones finales o tomado acciones vinculantes. Durante su campaña electoral, Trump prometió a sus votantes que Estados Unidos saldría de este “mal acuerdo”. Él y sus votantes argumentan que este limita al país a usar sus recursos energéticos y que le da demasiado poder a la comunidad internacional sobre su uso de energía.

Más allá de que se asegura desde la Unión Europea que el acuerdo avanzará aún sin la presencia de Estados Unidos, no podemos hacer vista gorda a las graves consecuencias que esto podría traer.

Siendo el segundo país con más emisiones de dióxido de carbono en el mundo, después de China, ambientalmente el impacto es bastante imponente. Además, otros países podrían elegir seguir esta tendencia, tirando para atrás el avance común como comunidad internacional hacia un mismo objetivo, fenómeno que hoy, dadas las circunstancias, pareciera imposible.

Aunque aún no hay una confirmación por parte de la Casa Blanca, el futuro pareciera estar escrito en piedra. El único capaz de revertirlo es el propio Donald Trump, con una de sus clásicas pero no poco sorprendentes maniobras espontáneas.

¿Anteponer la economía nacional y a su propia base electoral, o un acuerdo internacional ambiental? Bien o mal: no sé si es esa la cuestión. ¿Preocupante? Definitivamente.

 

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