Situada en las aguas cristalinas y azules del mar Egeo, la isla Samos, se distingue de las restantes islas griegas. A pocas millas marinas de las costas de Asia Menor, te da el sentimiento -al menos teóricamente- de poder nadar de un continente al otro. Pertenece a las “islas verdes” de Grecia y con una configuración del terreno sumamente variada, dadas las grandes cadenas montañosas que predominan en la isla, cuenta con una vegetación abrumadora.

En samos reina la naturaleza, la leyenda y la historia. Es el lugar de origen de uno de los padres de las matemáticas, Pitágoras (padecido por todos nosotros en el colegio), y siguiendo la mitología griega, también el de la esposa de Zeus, Hera. A su vez, cuenta con bahías acordes a todos los gustos y una naturaleza virgen exuberante. A pesar de la falta de senderos, se puede hacer muy buenas caminatas y en especial, vale la pena conocer los pequeños pueblos en las montañas en los que todavía predomina una forma de vida tradicional y auténtica griega. Lo ideal en este tipo de lugares es recorrer con el auto, ya que posibilita el acceso a lugares más escondidos y alejados de las masas. Siempre traten de contactarse con locales ya que suelen conocer los mejores lugares.

Algo que recomiendo sí o sí, es tomar un ferry (aprox. hora y media) desde Samos hacia Turquía y conocer la ciudad antigua de Ephesus. Aunque yo después seguí mi viaje por Turquía, Ephesus se puede conocer como una excursión de un día.

La comida griega es tan variada como sus paisajes, sin embargo, Samos se destaca de otras islas porque hasta los platos más comunes suelen estar fuertemente condimentados y sazonados. Must: yogurt griego con miel, suvláki y exochikó.

 

 

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