Los domingos por la tarde el Parque Rivadavia se tiñe de gorras. Algunos trepan las escalinatas de la esquina, otros saltan la reja de más de dos metros de altura, otros atraviesan túneles de puestitos que venden los más variados artilugios. Guiados por un retumbar sincrónico, los chicos confluyen a los pies de la estatua de Simón Bolívar.

Son marionetas movidas por la inercia. Grupos de jóvenes de entre 15 y 25 años vician el parque con humo y crean un murmullo rítmico perpetuo que se fusiona en los oídos del público desacatado. Van cayendo en grupos grandes, de a dos, solos, imitando remates famosos de los raperos más conocidos. Un mundo aparte toma forma en el medio de la plaza. Un mundo a la vista de todos que nadie se atreve a mirar. “Trueno, tus voces de mierda se las saben todos”, se escucha al pasar.

En el centro los concursantes, un jurado y un chico con remera blanca amplia y barba tupida cuenta el tiempo e indica cuándo empezar, cuándo parar. El público se va posicionando en derredor. Sentados, arrodillados, parados, en cuclillas los que no llegan a ver. Un par subidos a bancos, otros a árboles o postes de luz. La multitud mira hacia un escenario que no existe. No hay tarimas. Ni micrófonos. Ni parlantes. Ni partituras.

Alejo lleva la batuta y pide silencio agitando su mano hacia abajo. Calma. El parque enmudece: el Luna Park de los pibes del barrio. Una batería empieza a sonar de la boca de una gorra Puma. Todos los cuerpos se mueven al ritmo del beatbox. Y ahí, entrando en el tempo perfecto, uno de los MC desata una catarata verborrágica de frases, rimas, insultos y estruendos. Su cuerpo y su voz amenazantes frente al rival. Su cara con hambre de destrucción. Un minuto de violencia verbal que termina en un remate. Y lo responde un acote. Defensas, réplicas, más municiones y bombas aún más potentes. Un saque final en busca de la ovación del público que pide sangre. Un “OOHH” coreado al unísono hace vibrar el lugar elevando a los gallos a la gloria.

Entre la multitud se encuentra Julián. Sintiendo cada palabra que se dice mueve su cuerpo zigzagueando con fuerza mientras imita los ritmos con sus manos y hombros. Deja caer una colilla y dice “acá los pibes cuentan historias pesadas. Pibes que no tenían nada y el rap los sacó adelante”. Julián no usa gorra. Viste de negro y calza llantas grandes. Dos aritos brillantes en el lóbulo de sus orejas. Un jopo. La ceja cortada. “Arranqué a venir con mi hermano que ya rapeaba cuando yo era chico. Tenía quince,” dice. Apura otro cigarrillo y cuenta que participó muchas veces del concurso pero nunca ganó nada. Explica que vienen a descargarse de lo que viven día a día: bullying, crecer sin un padre, la sociedad que no comprende. Versan para desahogarse. Versan para canalizar el dolor.

Un minuto a veces no alcanza para determinar un ganador. El público y el jurado piden réplica, posicionando sus brazos en forma de cruz. Alejo llama a silencio y explica las reglas para desempatar. Un minuto más. La base, los platillos, los bombos, empiezan a sonar otra vez de la boca del beatboxer. La mano en forma cóncava sobre el labio superior hace las veces de parlante. Por su frente resbalan gotas de sudor, su cara se acalora y enrojece y sus venas quieren estallar. Pero sigue: sin él no se puede narrar.

Sin parlantes. Sin micrófonos. Sin partituras. Sin melodías.

A ver Dani, es una réplica, atento/

Encima tus amigos prolongan tu sufrimiento/

Yo se que yo a vos te represento/

Voy a destrozarte, no voy a dudar en matarte en el tempo/

Improvisa y ataca. Sin miedo, le muestra su pecho a su oponente, se golpea el corazón con la palma de la mano. Lo invita a devolverle el golpe tan solo con palabras. Y Dani lo hace. Se acerca. Frente a frente. Y escupe: ¿Que prolongan mi sufrimiento?/Yo no me ofendo/Si se que cuando más sufro/Es cuando más aprendo. La alabanza que sigue de los oyentes lo lleva al cielo. El jurado vota. Tenemos un ganador. Los raperos, que previamente se estaban deseando la muerte, se abrazan y se felicitan como amigos de toda la vida. Es esto. Así son las reglas.

Parado sobre un banco en posición estratégica en la colina, Nahuel agita de lejos. Solía juntarse en una de las plazas cerca de su casa con unos amigos a repetir canciones conocidas de hip-hop mientras uno de ellos imitaba la rítmica. “Te surge el flow sobre la marcha y salen cosas re copadas, no hace falta que escribas tus temas” responde ante la duda. “Empecé a ver los raps por videos que subían a Facebook y un día pintó venir,” cuenta con sus manos dentro de los bolsillos de un buzo gigante que le llega hasta las rodillas. Las poesías que los protagonistas de las batallas coreaban sobre la marcha lo impresionaron. “Me inspiraron para inventar mis propios raps y descargarme de todo,” dice dejando entrever que nunca la tuvo fácil. “Acá nadie juzga lo que decís ni cómo te sentís”.

El auditorio improvisado recibe a chicos y chicas de todas las edades, que, al igual que Nahuel y Julián, encuentran esa libertad que tanto buscan entre rimas y rebotes. Los sentimientos son fuertes en este mundo que se protege del exterior en barricadas hechas de rimas y bases. El exterior no se atreve a mirar. La membrana permeable de juventud parece saber por si sola a quién dejar entrar. El que no entra, ignora.

La épica de cada batalla es una sola. Única. Hoy hay un ganador. El próximo domingo habrá otro. La victoria no se mide en premios. No se mide en alabanzas. Tampoco se mide en ovaciones. Al final del día, la gloria es personal. El premio es liberar los demonios y salir bien parado. Aguantando los golpes.

Todos los domingos por la noche el Parque Rivadavia suspira por sus puertas a los intérpretes de su canción. Resuena el eco de métricas poéticas. Desarma su escenario imaginario. Descansa la elegía de su batería. Apaga las luces. Ya no hay más cruces. No hay parlantes. Ni micrófonos. Ni partituras. Ni melodías.

 

 

Foto de portada: María-Jesús..