Comenzó como empieza una epidemia: primero se vieron algunos casos aislados, luego otros con mayor frecuencia, y cuando querías entender de qué se trataba, ya estaba en todas partes. En Instagram, en Facebook, en las noticias, y hasta Emma Watson subía fotos haciéndolo. Soltar libros. Solo dos palabras que engloban mucho más, pero que muchas personas aún no conocen.  

El juego es algo muy simple: dejar libros en algún punto de la ciudad donde puedan ser encontrados por alguien más. En asientos del subte,  en parques, abajo de un árbol, o apoyados contra la pared de algún local. Alguien los va a agarrar, eso siempre ocurre, porque la curiosidad del hombre es mucho mayor que su timidez, miedo, o cualquier cosa que se le pueda pasar por la cabeza en ese momento.

¿Y qué pasa después? Eso solo lo puede saber la persona. Pero fui testigo de cómo esos que encuentran los libros primero miran con desconfianza hacia ambos lados, porque no saben si alguien se los olvidó o los dejó a propósito. Luego de unos minutos, lo agarran, lo abren, y hasta se sonríen a sí mismos. Muchas veces leen la primer hoja, y pasan las páginas buscando algún mensaje secreto aparte del que, muchas veces, ya tienen. Porque eso es otra característica de esta movida. Aunque no es obligatorio, envolverlo es una parte curiosa que la mayoría ya ha optado por hacer con papel madera. “Busco dueño”, “Llevame gratis y cuidame”, son algunas de las frases típicas que muchos eligen escribir sobre el envoltorio.

Este movimiento viene de la mano de otro, que comenzó en una biblioteca de Los Ángeles. Al ver que muchos libros eran despreciados por su portada, encontraron una hermosa vuelta de tuerca: envolver los libros, colocarlos así en una estantería, y dejar sorprender a los aventureros. Elegir sin guiarse por nada, simplemente papel marrón y una bonita frase. Fue tanto el impacto que generó, que muchos lo empezaron a replicar. Una perfecta cita a ciegas, donde uno no sabe nada de su anfitrión, y se puede dejar asombrar.

Estas son dos tipos de actividades de las cuales me acabo de enterar hace muy poco cuando recibí la invitación para participar. Había visto muchísimas imágenes de otros países que habían experimentado estas situaciones, pero no me quise introducir mucho más en el tema hasta que se hizo realidad. Sin saber que en la Argentina también se hacía, fui convocada por el grupo Blind Date with Books a una suelta de libros en Barrancas de Belgrano. Me decidí a hacerlo. Elegí en la mañana tres libros de mi enorme estantería, los envolví y los llevé así a la facultad, contándole a todos mis compañeros acerca de esto. Me parecía fascinante y estaba muy emocionada. Me bajé de la combi y fui directo a la plaza, para descubrir que no era la única: Barrancas estaba lleno de libros, algunos envueltos y otros no.

Dejé los míos estratégicamente a la vista para ser encontrados y me marché. Tomé uno de los libros que me encontré en el camino para irme. Paré, pensé por unos segundos y me decidí por volver y hacer todo el recorrido que había hecho antes. Así, me encontré la mejor de las situaciones: mis libros ya habían sido tomados. Con una sonrisa finalmente me fui. Me crucé con un montón de personas curiosas que miraban los paquetes con desconfianza, otras personas que lo abrían, lo hojeaban y miraban a todos lados sin entender. Me crucé con una mujer que le decía a su pareja con emoción lo que había encontrado, y me crucé también con personas que ya estaban leyendo las obras que habían encontrado.

Capaz la lectura se está dejando de lado y hay que encontrar nuevas formas para atraer su atención. Me gusta pensar que mis libros están en manos de alguien que nunca hubiese comprado una obra de ese estilo. Me gusta incluso pensar que ese alguien lo está leyendo y, que cuando lo termine, decidirá dejarlo en algún lugar escondido de la ciudad para ser encontrado por alguien más. Otra persona curiosa, que no tenga miedo de agarrar un paquete envuelto en papel marrón y decorado con una frase bonita.  

Foto de portada: Alexandre Duret-Lutz. .