La situación en Venezuela se volvió insostenible en los últimos meses.  A los presos políticos, el autogolpe contra el poder legislativo, la muerte y la represión debe agregarse la terrible pobreza que se está viviendo en uno de los países que fue de los más ricos de la región. Sin embargo, tanto la prensa y los organismos internacionales como los políticos opositores dentro y fuera de Venezuela le echan la culpa al presidente Nicolás Maduro y al chavismo en general, en lugar de analizar con un poco más de profundidad porque Venezuela está como está.

No digo que Maduro no sea responsable. De hecho, es junto a Chávez y la cúpula de jerarcas bolivarianos el principal responsable de la crisis económica, política y social. Pero los otros países latinoamericanos fuimos cómplices, inclusive partícipes necesarios de lo que pasa en Venezuela. Más que alguna tibia declaración en contra no se dieron pasos importantes para salir de la inestabilidad. El intento de expulsar a Venezuela del Mercosur que Mauricio Macri y otros presidentes regionales auspician no solo llega tarde, sino que casi no afecta en términos prácticos a la crisis. ¿Por qué los latinoamericanos no nos involucramos un poco más en Venezuela?

La frase de moda es que los venezolanos “deben resolver sus diferencias entre ellos”, como dijo “Pepe” Mujica el expresidente uruguayo y referente de la izquierda continental. Pero también quienes se oponen a Maduro, como la canciller Susana Malcorra, dicen que “no podemos importar milagros a los países. Podemos ayudar, persuadir”. Ambos tienen un argumento válido. Pero se olvidan que nunca en la historia latinoamericana los problemas se resolvieron de forma autónoma, y en verdad se han importado modelos políticos de un país a otro: estamos mucho más conectados de lo que parece.

No solo fuimos colonizados por una misma potencia europea sino que tenemos un idioma, cultura, religión mayoritaria y forma de gobierno en común. Además, vivimos procesos políticos parecidos. Todos los países latinoamericanos tuvimos gobiernos oligárquicos a principios de siglo, algún tipo de gobierno “incorporador” de los sectores populares a mediados del siglo XX, sufrimos inestabilidades parecidas en los años 60 y 70 producto de gobiernos democráticos inestables, dictaduras autoritarias y guerrillas.  ¡Inclusive muchos países tenemos los mismos próceres! Dato de color: Bolivia se llama así por Simón Bolívar, el prócer de Ecuador, Colombia y Venezuela. No por nada se le cambió el nombre oficialmente a “República Bolivariana de Venezuela” con la llegada de Chávez. ¿Coincidencia? No lo creo, la lista sigue.

En los años 70 y 80 todos nos hicimos democráticos, en los 90 todos nos hicimos neoliberales y en los 2000 casi todos giramos a la izquierda. Numerosos fenómenos originados en una punta del continente tuvieron efectos en la otra: desde la revolución cubana en 1959, al efecto tequila en los 90, todo tipo de cambios políticos y económicos nos afectan mutuamente y se han “exportado” por el continente. No digo que no hay particularidades de cada país, pero no podemos ignorar lo evidente: Estamos mucho más relacionados de lo que creemos.

Entonces, si igual nos afectamos mutuamente, ¿por qué no hacerlo de forma positiva? ¿Por qué seguir fingiendo que solo “podemos ayudar, persuadir” pero no cambiar las cosas? La democracia no es un “milagro” que aparece y desaparece, la debemos construir día a día de forma activa. Y esa construcción no solo se da a nivel nacional: se da a nivel regional y global, porque en el siglo XXI ya nada “pasa” solo en un país.

Está claro que los venezolanos son quienes en definitiva van a decidir si el chavismo se va o se queda. Pero los ciudadanos de América Latina tenemos una palabra importante también, y no queremos gobiernos autoritarios en el barrio, ¿no?

Maduremos. A Maduro lo bancamos nosotros. Decidir no hacer nada (o hacer poco) es decidir hacer mucho, porque en el fondo lo que necesita el gobierno bolivariano es que simplemente nos quedemos callados. Pero se intervenga de forma consciente o inconsciente en Venezuela, se interviene igual: nuestros procesos políticos están conectados, nos parezca bien o mal, lo hagamos de forma voluntaria o no. El mundo entero está cada vez más conectado y eso es algo que no podemos combatir. Lo que sí podemos cambiar es qué hacemos con las conexiones que tenemos.

Muchos pueden decir que intervenir en otro país es antidemocrático, y en cierto punto tienen razón: las democracias representativas son estados que responden únicamente a los habitantes que viven en el territorio donde ejercen soberanía. Pero el pueblo venezolano va a perder ese derecho si no lo ayudamos a solucionar el conflicto. A excepción de Cuba, cada uno de los 600 millones de latinoamericanos vivimos en países democráticos en el 2017. Pero, ¿podemos ser democráticos si permitimos que la democracia de un país hermano se apague? Yo digo que no. Por eso en la crisis de Venezuela lo que se juega no es la estabilidad de un país, sino la estabilidad de un continente.

 

Foto de portada: Cancillería del Ecuador..