Treinta años han pasado. Un domingo de resurrección atípico en la historia argentina. No hubo una convocatoria programada ni planeada, no fue una movilización en contra de los 131,3 puntos de inflación que imperaban durante ese momento; tampoco estamos hablando de una fecha donde tradicionalmente se reúna una multitud en la Plaza de Mayo. Y sin embargo, allí se encontraban 300 mil personas congregadas ¿Qué había ocurrido?
Estamos hablando del alzamiento militar de la Semana Santa de 1987, ocurrido en la Escuela de Infantería de Campo de Mayo. Un  acuartelamiento encabezado por los llamados “carapintadas” que protestaban frente al torbellino de denuncias contra crímenes de lesa humanidad realizados durante la dictadura de 1973-1983. Algunos fragmentos de testimonios que La Nación pudo rescatar de dos capitanes acuartelados son los siguientes:

“Nos juzga gente que ni siquiera nos comprende” y “nuestros comandos nos avalaron y la Nación Argentina, en su momento, nos avaló”

Y es que ese torbellino fue desatado por la Ley 23.492 de Punto Final, que establecía que, 60 días después de promulgada la ley, no podían ser imputadas aquellas personas acusadas de desaparición forzada durante la última dictadura. Por su cercanía con los detenidos ilegales, los cuadros bajos y medios fueron quienes más sufrieron esta suerte de carrera contra el tiempo de denuncias.
La chispa la inició el mayor Ernesto “Nabo” Barreiro, quien, el 14 de abril, se negó a declarar en una causa donde se lo acusaba de participar de los crímenes ocurridos en el centro clandestino La Perla, ubicado en Córdoba. Barriero se amotinó en el Regimiento de Infantería Aerotransportada de Córdoba, acto que fue imitado por Aldo Rico, en Campo de Mayo. La validez o no de estos reclamos, que culminaron meses después con la Ley de Obediencia Debida, escapan de los límites de este artículo.
Ahora bien, hasta ahora se entiende todo pero, ¿por qué la excepcional movilización del pueblo argentino hacia Plaza de Mayo? Sencillamente porque el recuerdo estaba cerca. Distintas personas a lo largo del país, como mi madre que se encontraba estudiando para la facultad mientas se tomaba un jugo de naranja en el balcón (en ese momento tenía 22 años), se enteraron de lo ocurrido a través de la cobertura televisiva. Y el recuerdo estaba cerca. Y el recuerdo del “show del horror” que floreció en 1984 -triste coincidencia- y el juicio a las juntas militares en diciembre de 1985 estaban aún más cerca.
Y fue esa cercanía la que puso los pelos de punta al pueblo argentino que creyó, al menos en un principio, que se estaba ensayando un nuevo golpe militar. Fue ese grito y voluntad prácticamente unánime contra la violencia y en defensa de la democracia que movilizó a 300 mil personas un domingo de Pascuas en Capital Federal. Gritos y vitoreos que encontraron su máxima expresión cuando Raúl Alfonsín se presentó en el balcón de la Casa Rosada al mediodía para comunicar que iba a ir personalmente a Campo de Mayo para solucionar el problema de los sediciosos (minuto 3:10 para aquellos interesados en revivir ese momento en particular).
Horas más tarde, Alfonsín volvió a aparecer en el mismo balcón, ante las mismas personas que esperaron pacientes a su Campeón de la Democracia, para comunicar que aquellos sediciosos en realidad eran –algunos- “héroes de la Guerra de las Malvinas” (comentario que recibió los primeros chiflidos de la tarde). Sin embargo, Alfonsín rescató el “galvanizado sentimiento democrático” del que “ha sido protagonista el pueblo argentino en su conjunto”.
Al final de su discurso, Alfonsín se despide del pueblo congregado con su famoso “la casa está en orden” y entre tomas intercaladas de la movilización vitoreando y Alfonsín retirándose entre abrazos, un lema intermitente se repite una y otra vez en las pantallas argentinas.

“Democracia Para Siempre”

Foto de portada: Guillermo Tomoyose.