“Vivir junto a una bestia no siempre es un cuento de hadas.”

Con esa frase se abrió la campaña de concientización y denuncia por parte de la Policía Nacional de Ecuador la semana pasada, teniendo como puntapié la nueva explosión cinematográfica de Disney, el remake del clásico “La Bella y la Bestia”. La campaña ganó la atención de los medios y las redes sociales rápidamente: no fueron los vestuarios, los efectos especiales, y ni siquiera la performance de la nueva Bella moderna que captó la atención del mundo sobre la iniciativa policial. No lo puede ser cuando son 3 de cada 5 mujeres las que sufren algún tipo de violencia, con causa enraizada en una disputa por género. Cuando de 10 mujeres en matrimonios con abuso registrado, solamente una logra finalizar un divorcio. Cuando hay bestias muy poco Disney, y finales muy poco felices.

Es difícil ver esos números y volver a pensar en la película. Una historia llena de romance y amor, donde una mujer fuerte e inteligente logra tirar abajo la frialdad del corazón de la bestia, encontrando un final feliz que dura para siempre.

Es más difícil todavía cuando la tragedia no es en Ecuador, sino a unos pocos kilómetros de tu casa. Cuando abrís el diario, lees el nombre y ves la foto, y se te hiela la sangre. Cuando te das cuenta que Micaela era igual de joven que Bella, igual de inteligente que Bella, igual de fuerte que Bella.

Micaela García, de 21 años, una semana después de su desaparición, fue encontrada muerta por estrangulamiento, tras haber sido abusada, bajo un árbol a metros de la Ruta 12. Su violador, Sebastián Wagner, de 30 años, ya había sido condenado por dos casos de abuso sexual; pero en vez de ser liberado en 2019 como previsto, le concedieron la libertad condicional dos años antes.

¿Cómo leemos sobre Micaela y pensamos en tantos otros casos como este y podemos ver al clásico de Disney como algo distinto de una creación surreal, totalmente ficticia? De repente, las bestias con corazón roto pero enmendable se desvanecen en el aire, reemplazados por criaturas oscuras, copiadas de una película de terror y pegadas en las calles. De repente, nos damos cuenta que existen, y conviven entre nosotros. Indistinguibles, camufladas entre las multitudes.

El problema, lamentablemente, pareciera no solucionarse. Porque más allá de que se denuncie al juez que sacó tempranamente al asesino de Micaela de la cárcel, y que se ofrezca el infinito apoyo de miles de personas, con eso no alcanza. Aunque se marche y se grite y se llore, hay algo más que como comunidad necesitamos hacer, y para eso hay que ver que, a su vez, existe otra bestia igual de peligrosa que debe ser vencida.

Una que no acecha las esquinas oscuras, que no tiene cara ni sexo.  Aquella que nos separa, nos encasilla, nos define.

La bestia que vive donde la dejamos vivir: en los chiflidos, en las obscenidades, en los abusos de los derechos del otro, en los estereotipos, en la concepción de hombre como proveedor y mujer como devota, en cada “¿Ella también cómo sale así vestida?” y “Los hombres tienen que ser fuertes, mirá si alguien te ve llorar”.

Habita donde empezamos a ver al otro como menos, como una figura de odio, como un objeto, como cualquier cosa aparte de humano, de un par, de un igual. Ese es el punto de partida para todos.

Más allá de los que llevan adelante estos crímenes, que sin lugar a duda deben cumplir con la condena que se merecen, no tenemos que dejarnos frenar ahí. No paremos de exigir justicia. Exijámonos a nosotros, como humanos, no perder la compasión y a empatía.

Porque la bestia no tendrá humanidad, pero eso no quiere decir que no sea humana.

 

Foto de portada: Damian Mastronardi .