Azul.

         Los equipos son ahora por número, no más por color.

         No, no… yo me llamo Azul Stengel.

         ¿Azul como el color?

         Eh… sí.

         ¿Cómo el color azul?

         …Sí… Stengel.

         … … equipo siete.

Y es así que empieza la semana de integración en Poitiers, Francia.  Hace 35 grados, tengo pintura rosa en la cara y mis compañeros me hablan en francés. Este lugar será mi casa por los próximos doce meses.

La historia empieza un poco antes, en esta época, hace un año exactamente. Me estaba preparando para la entrevista con Smilja (yo tampoco podía decir su nombre), quien definiría si entraba a Sciences Po para el programa de Doble Diploma.  Siguieron unos tres meses de visas, clases intensivas de idioma, finales y conseguir un lugar para vivir. Hay tres acentos en francés y ni una regla de acentuación, todavía no entiendo cómo se escribe en francés. Pasó el Lollapalooza y no fui pero está bien porque tengo que estudiar, y tengo la entrevista, y ya está y ya pasó, y el asado, y la milanesa, no Azul no podes poner sugus en la valija, no Azul, solamente un paquete de yerba. Chau Azu, nos vemos en diciembre.

La semana de integración es un fenómeno totalmente ajeno a la vida del estudiante argentino.  Consiste en una semana donde los estudiantes de la facultad de segundo año organizan actividades para los del primer año con el fin de conocerse y formar amistades.  Una semana de dormir poco, conocer el placer de vivir en un pueblo chico, y sobre todo, una sobredosis de amigos e historias nuevas.

Inglaterra, México, Chile, Colombia, Francia, Brasil, Quebec.  Al principio uno se acuerda de las nacionalidades e idioma de cada persona, no de los nombres ya que son tantos.  Estas nacionalidades ahora son parte de mi familia lejos de casa.  Son hogares a cinco, diez, quince minutos de dónde vivo. Acá no existen las cuadras, y cuando uno trata de explicar porque es más fácil contabilizar en metros y no en minutos, lo miran a uno como si estuviese hablando chino básico, o en mi caso un “francés” que de francés no tiene demasiado.

Ocho meses después me siento en la computadora y pienso en la cantidad de anécdotas que fui construyendo en el camino.  Historias de pueblo chico y sueños grandes.  De amigos con acentos, de acentos amigables.  Es raro como uno empieza a definirse, lejos de lo que uno siempre consideró su hogar. Ahora me siento en casa a 11,000km de todo lo que conocí siempre. Va cambiando como ve al mundo, hay una libertad inexplicable que viene con no conocer a nadie a más de 500km a la redonda.

Poitiers es un pueblo chico, acogedor.  No sé si ya han visto la nueva película de la Bella y la Bestia, pero para que quede claro, ahí vivo yo: en un pueblo medieval entre dos ríos, donde los sábados hay mercado y los domingos no vuelan ni las moscas. Que quede claro, los domingos no hay nada, ni farmacia, ni supermercado, ni bares, ni restaurantes.  Eso sí, las calles son peatonales y seguras. Vivo a seis cuadras (ocho minutos) de la facultad y todos mis amigos están cerca.

Ser argentina, algo que nunca había considerado antes, hoy es parte de mi presentación “Bonjour sho me shamo Azul, soy argentina, perdón por el acento fatal…”. En un campus latinoamericano, reconocer acentos es segunda naturaleza, ya que con los acentos uno ve a través de la distancia, un país y cultura, una comida preferida y otra forma de definir el mundo. No es lo mismo ser paisa, que porteño, que fresa o de la costa.

La facultad no es ni un poco parecida a las argentinas. Tengo clases con cinco estudiantes, idiomas obligatorios y que requieren formar parte de proyectos colectivos.  Estos, organizados y llevados adelante por los estudiantes para generar una mejora social, son acompañados con los deportes para generar un sentimiento de campus estudiantil muy fuerte.  Además, la carga horaria es casi el doble que en Di Tella: hay días en los que curso de ocho de la mañana a las ocho de la noche.  Hay materias en los cuatro idiomas del campus latinoamericano: francés, español, inglés y portugués.  Uno se anota a las clases dependiendo su nivel de idioma.  Además existe un sistema de créditos: hay que tener determinados créditos para aprobar el año  (sí, el año, acá no se recursa, se repite).  Me llevó un tiempo aprender el esquema francés, la dissertation y el exposé deben hacerse de acuerdo a su forma de hacer las cosas, formulando uno la pregunta que desea responder.  Los exámenes duran todos cuatro horas y se rinde los sábados, pero en el medio pasan con una canasta de manzanas o mandarinas que compraron en el mercado.El parcial vale 30% de la nota, y el final otro tanto, aunque no siempre es final, a veces hay una disertación dependiendo del profesor.  En Sciences Po lo que importa mucho son las presentaciones orales, cuentan el 30% de la nota.

Como pueden ver, es complicado y burocrático, pero uno se acostumbra.  Un día de rutina para mí consiste en despertarme a las siete, clase de portugués, clase de US Foreign Policy, reunión al medio día con la Asociación estudiantil de Arte, clases hasta las ocho de la noche, volver a mi casa y comer rápido para después salir al atelier de circo y volver a las diez.  Una ducha y a dormir que mañana se estudia todo lo que no tuviste tiempo de leer hoy.

Parece todo mucho trabajo, y lo es.  Pero a cambio uno obtiene una experiencia increíble. A lo largo de esta experiencia he crecido más que nunca.  Aprendí dos idiomas, conocí comidas distintas, otras culturas, y sobretodo, me hice amigos que sé que seguirán conmigo toda la vida.

Si debo recomendarle a cualquiera una experiencia como la mía, les diría que no lo duden ni un segundo. Que hablen con extraños y que prueben cosas que no puedan pronunciar.  Les diría que siempre tengan a mano una lapicera y que si pueden, aparezcan siempre en las fotos que sacan. A nadie le divierte una foto más del paisaje, y las fotos con amigos son recuerdos para siempre.

 

Foto de portada: ..