El pasado fin de semana se llevó a cabo la cuarta edición del tan esperado festival en el Hipódromo de San Isidro. Con más de 50 bandas, 4 escenarios, más de 200.000 entradas vendidas y una puesta en escena única, se convirtió en quizás el evento de música más importante de este año en nuestro país.

Esta es la experiencia de una incursionista en el mundo de este festival: lo que pasó por mis ojos y mi cabeza durante los pasados viernes y sábado, y lo que no. Es la crónica de este evento que me hizo reír, gritar, llorar del dolor de rodillas, disfrutar, y me dejó para siempre la patética marca de haberme quedado dormida escuchando a una banda de heavy metal. Obviamente, todos aquellos que estuvieron podrán diferir en infinidad de puntos, porque para cada espectador la experiencia es un universo aparte.

Día 1: Para todos los gustos

Viernes 31/03. La mezcla de público reflejó la excentricidad de la fecha. Metaleros y adolescentes excesivamente producidas convivieron entre el público de las primeras bandas del día. León Gieco, Cage the Elephant, Vance Joy y Rancid, cuyo sonido intenso se le superpuso al de los anteriores, se destacaron entre los artistas de la tarde. Además, en el escenario de electrónica, los DJs contaban con un público propio, una presencia constante durante los dos días del festival.

The XX innauguró la noche con una performance sólida, pero sin muchos oyentes, ya que la mayoría estaba ya guardando lugar para el plato fuerte de la noche: Metallica. La legendaria banda explotó el predio, al punto que G-Eazy, que tocaba en simultáneo, adelantó o atrasó sus horarios (no podría decirles exactamente cuál de las dos: nunca lo encontré). No siendo fanática del metal, los vi de lejos, pero puedo afirmar que fue un gran show y que su público estaba eufórico. Puntísimo a favor:  estando a más de doscientos metros y acostada en el piso, el escenario se veía perfecto y el sonido se escuchaba impecable.

El cierre estuvo a cargo de The Chainsmokers –más tarde me enteré que siempre en el Lollapalooza todas las fechas las cierra algún DJ groso. Opinión personal: la rompieron. El dúo intercaló temas suyos con algunos de otros DJs y clásicos (de los Red Hot por ejemplo),  remixados para generar una continuidad entre ellos. Además, el increíble sistema de luces con el que contaba el escenario fue bien aprovechado y sumó muchísimo al espectáculo visual.

Momento emotivo de la noche: Drew Taggart, uno de los dos miembros de The Chainsmokers, hace una revelación antes de cantar su mayor hit, Closer, ya habiendo sorprendido previamente con su buen manejo del español y con un “están todos re manija”. Contó que vivió un año en El Bolsón de adolescente, y que en ese tiempo se hizo un tatuaje, el único que tiene, en el hombro (la letra de la canción dice “bite that tattoo on your shoulder,” “mordé ese tatuaje en tu hombro”). Mostró el tatuaje y dijo: “es el sol de su bandera”. ¿Tremendo, no? La gente se volvió loca.

Día 2: Show must go on.

Sábado 01/04. El día anterior era difícil de superar y en mi opinión, la segunda fecha lo logró a mansalva. Capaz por ser sábado, o tal vez las bandas convocadas generaban más expectativas, pero en el ambiente se sentía gente más enérgica, y sin dudas el número de espectadores sobrepasó a los del día anterior.

Las bandas más convocantes de la tarde fueron Jimmy Eat World, Catfish and the Bottleman, Two Door Cinema Club, y, la que definitivamente más público atrajo, Duran Duran. La mezcla generacional entre el público delató la antigüedad de la banda, pero el show fue exquisito y tocaron temas que trascienden generaciones.

La noche llegó con toda de la mano de The Weeknd, uno de los más esperados. Los jóvenes coparon el público, y el repertorio repleto de sus hits globales hizo que el show fuera entretenido para los grandes fans y para los oyentes ocasionales también.

A la sensación del momento lo siguió uno de los clásicos de la última década: The Strokes. A pesar de la decepción que se llevaron los admiradores en su última visita al país, la presencia de la banda en el festival generaba expectativas y movió más gente de lo que yo hubiera esperado. Brindaron un muy buen espectáculo, que duró media hora más de lo pautado e incluyó temas de toda la trayectoria de la banda. Cuanto terminaron los Strokes, tuve que partir del Lollapalooza, así que les dejo para la próxima vez que estén en Buenos Aires mi opinión sobre Flume, la banda que cerró el festival.

A destacar: en ambas fechas, pero en esta de forma mucho más notoria, el show no se limitó al escenario. Disfraces, maquillajes exóticos y looks extravagantes contribuyeron a generar el ambiente descontracturado y especial que hacen de este festival una experiencia única.

Balance general: casi perfecto.

Si nos ponemos quisquillosos, algunos puntos en contra se pueden identificar fácilmente. Si bien la oferta de comida era excelente y muy variada, las colas en los food trucks eran eternas y los precios desmedidos. Además, llegar al predio fue un dolor de cabeza, porque conseguir estacionamiento resulta muy complicado y la llegada en transporte público, y sobre todo a la vuelta, ni hablar.

De todas formas, no puedo salir de mi asombro por la excelente organización del festival, aunque quizás ser novata en el mundo del Lollapalooza hace que todo lo bueno se magnifique. Había una cantidad de baños químicos exuberante y siempre muy limpios, jamás se vio ningún tipo de disturbio, la entrada y la salida fueron rápidas y organizadas, en ningún momento se generó demasiado amontonamiento de gente y, aunque con una cola infinita, había un puesto para cargar las botellas de agua.

En síntesis, mi incursión en el Lollapalooza fue increíble. Volvería una y mil veces. De hecho, ya es mi plan para el año que viene.

Foto de portada: Kabeto Jamaica.