Día 1: El llamado.

-Hola

-Hola, ¿Josefina?

-Sí, ¿quién habla?

-Soy Paula, de Google.

-Hola Paula, ¿cómo estás? ¡Me toma por sorpresa tu llamado!

La idea “loca” de trabajar en Google había comenzado hace casi un año, cuando tuve mi primer acercamiento a la empresa en la vida real. Durante mi intercambio, en Boston, conocí a un serbio que estaba haciendo una pasantía de verano en las oficinas de Google en Cambridge, Massachusetts. En poco tiempo nos hicimos muy amigos y como él pasaba gran parte del tiempo en el edificio de la empresa, yo también lo empecé a frecuentar.

Nos juntábamos a almorzar en Google, mirar películas en la sala de cine, comer M&Ms gratis hasta explotar de chocolate y a veces simplemente charlar hasta altas horas de la madrugada mientras el dejaba correr algún software con el que estaba trabajando. Me gustaba rayar las paredes de su oficina, hechas de pizarra: dejarle algún mensaje o jugar al tatetí; encerrarme en la sala de lectura silenciosa a disfrutar de alguna novela o relajarme con una sesión en el sillón de masajes. Pero más aún me gustaba observar ese ecosistema funcionando: Cientos de jóvenes talentosos vestidos de jean y zapatillas circulaban día y noche por los pisos de esas oficinas, desafiándose constantemente con nuevos proyectos. Orígenes, etnias y profesiones de las más variadas, todo conjugado en un ambiente de trabajo apasionado, donde la innovación fluye y las ideas diversas conducen a soluciones que, en las pequeñas cosas, le mejoran la vida a millones de personas alrededor del mundo.

-Muy bien, Josefina. Te llamo para darte las novedades del proceso de selección.

-¡Sí, claro, decime!

-Bueno, en esta oportunidad no tengo buenas noticias…-

El mundo dejó de girar por un instante. En milésimas de segundos vi pasar por mi cabeza, como en una especie de video pero a toda velocidad, imágenes de los últimos 8 meses. Había aplicado para la pasantía en octubre del año. El proceso era bastante sencillo. En el sitio web de Google Carrers buscabas el puesto al que aspirabas, rellenabas un formulario, adjuntabas tu analítico y estabas hecho. Dudo haber puesto alguna vez en mi vida tanto empeño en completar un formulario como lo hice en aquella ocasión. Sabía que quería ese trabajo más que cualquier otra cosa. También sabía que solo tenía varios cientos de caracteres para convencerlos de que me lo merecía o, al menos, de que valía la pena entrevistarme. ¿Cómo hacer para que tus respuestas se diferencien de las de cientos de jóvenes que están compitiendo por el mismo puesto? Difícilmente sepa la respuesta.

Le pedí a mi roomate que chequeara la redacción, solo para asegurarme de que no había cometido ningún error con el inglés. Luego de que lo hiciera presioné “ok” y se lo dejé a la suerte.  Desde aquél momento en que mandé mi aplicación online, hasta el mail avisándome que el equipo de RRHH quería entrevistarme, todas las noches de verano que pasé en vela estudiando para las entrevistas, los nervios previos a cada videollamada, la alegría cuando me enteraba de que continuaba avanzando en el proceso de selección: de repente el castillo que había construido se caía a pedazos. Yo misma era la culpable de semejante frustración, por haber creado expectativas sobre algo que, estadísticamente hablando, era poco probable.

-…en realidad son excelentes!

-¿Las noticias?-, dije casi tartamudeando. Respiré profundo para escucharla.

-Sí: nos encantó tu perfil y queremos que te unas al equipo de Google -, terminó de decir Paula del otro lado del teléfono.

  

Vuelvo a respirar, pero sin decir palabra. Paula continua hablando aunque no registro lo que dice (estoy shockeada, necesito que alguien me pellizque para saber si lo que estoy viviendo es real). Casi como un robot tomo nota de todo lo que me dice, le doy las gracias y damos por terminada la conversación.

 

 

Fecha: enero de 1998

Escenario: Un dorm en el campus de la Universidad de Stanford, en California, Estados Unidos. Larry Page and Sergey Brin, estudiantes del doctorado en computación, hablan sobre el nuevo proyecto que traen entre manos. Hace poco crearon un motor de búsqueda en la web y ahora necesitan fondos para seguir adelante:

-¿Qué te parece esto Larry: “Nuestra misión es organizar la información del mundo para que pueda ser accedida universalmente y utilizada de forma útil”?

-Suena bien, solo espero que le guste a los inversores porque hasta ahora no tenemos ni un centavo para financiar todo lo que estamos planeando.

-Tranquilo. Las oportunidades llegan solas, nosotros sigamos trabajando

Brin no se equivocaba. Tan sólo seis años más tarde, en 2004, Google (cómo decidieron llamar a su motor de búsqueda Larry y Sergey) comenzaba a cotizar en la bolsa de Nueva York. En su primer oferta pública de acciones, la compañía levantó 1.9 billones de dólares.

Hoy Google es la segunda firma más grande del mundo en términos de valor de mercado, después de Apple. Su núcleo continúa siendo el buscador, el más usado a nivel global. Sin embargo, la compañía ha desarrollado una amplia gama de productos y servicios relacionados con Internet que ofrece de manera gratuita, como Gmail, Drive, Docs, Hangouts, Maps, Chrome y Android. Sus ingresos (alrededor de78 billones de dólares anuales) derivan principalmente de Adwords, su plataforma de publicidad online. 

 

 

Día 2: Visita a las oficinas.

-Entren chicos, por acá, el pasillo de la derecha –, nos dijo Paula señalando la puerta de la sala de conferencias donde tendríamos la reunión con los nuevos pasantes.

Mientras sigo a los demás voy mirando hacia todas partes.  Como si fuera una videocámara, trato de grabar todo en mi memoria. Al entrar a la sala lo primero que noto es lo mullido del tapete sobre el que caminamos. Es verde y simula ser césped. Observo hacia los costados: de las paredes cuelgan raquetas. 

-Cada piso está ambientado temáticamente, el tema de este piso, por ejemplo, es el deporte–, nos explicaría Paula más tarde.- Van a notar que las oficinas tienen nombres relacionados con lo deportivo como “Las leonas” o “Fangio”.  En general fueron propuestos por algún googler y sometidos a votación entre todos.

Sentados alrededor de la gran mesa rectangular ubicada en el centro de la sala, comenzamos a presentarnos uno por uno. A pesar de ser una empresa de tecnología, entre los futuros pasantes hay estudiantes de comunicación social, economía, futuros contadores e ingenieros, estudiantes de psicólogía y administración de empresas y apenas un ingeniero en computación. Cada uno cuenta su historia. Está Juana a quien le falta la tesis para recibirse de Psicología y tiene una bebé que hace un par de días aprendió a decir “mamá”. Matías, que de pequeño diseñó una página web de noticias y hoy dedica su tiempo libre a hacer magia. Daniel, un atleta que se recorrió el norte argentino entrenando para sus maratones. Tomás, que pilotea aviones. Eva que se vino de Costa Rica a vivir a Argentina para estudiar comunicación social en la UBA, y Juan, con un pasado emprendedor en start-ups que después de varias frustraciones hoy se anima a ingresar en el mundo corporativo. Cada uno tiene un pasado diferente, creencias diferentes, personalidades diferentes, metas diferentes, expectativas diferentes, pero compartimos esa “googleyness” de la que tanto se habla, esa mezcla de pasión y entusiasmo tan difícil de definir pero tan fácil de identificar.

Hicimos un tour por las oficinas que duró por lo menos una hora. Recorrimos los cinco pisos de la sede de Google en Puerto Madero en horario pico de la jornada laboral. Las oficinas de Buenos Aires no tenían nada que envidiarle a las de Boston que ya conocía: era esa misma atmósfera que había sentido unos meses atrás, con el agregado de que esta vez me sentía parte.

Son las 7 pm. La jornada ha sido intensa y ahora me encuentro sola, en la sala de relax. Sobre una colchoneta y con los pies cruzados, contemplo como cae el sol sobre el Río de la Plata. La mayoría de las luces ya están apagadas, no queda mucha gente en las oficinas. Siento una montaña rusa adentro de mi cabeza. Excitación y miedo al mismo tiempo. Emoción e incertidumbre. Expectativas y la presión por alcanzarlas. ¿Es este mi lugar en el mundo? ¿Y si no puedo? ¿Qué pasa si no lo logro, si a fin de año no me efectivizan? ¿Hasta dónde puedo llegar? ¿Qué estoy dejando de lado por esto?

Fecha: Junio 2013

Escenario: Un predio a cielo abierto en Christchurch, Nueva Zelanda. 30 globos de polietileno rellenos con helio, portadores de antenas patch acaban de ser lanzados a la estratósfera en lo que fue la primera prueba piloto del proyecto Loon. Los miembros del equipo se abrazan. Las autoridades presentes y la prensa aplauden mientras observan como los globos se pierden en el cielo.

Loon es un proyecto de Google que permite llevar Internet móvil a distintas partes del mundo a partir de una red de globos equipados con tecnología de última generación que flotan y se trasladan sobre la estratósfera impulsados por corrientes de viento. ¿El objetivo? Brindar acceso a Internet en áreas rurales o zonas que por sus carencias de infraestructura o características geográficas no pueden recibir cobertura de otro modo, así como permitir reconectar comunidades que se hayan visto afectadas por desastres naturales. Hoy países como Sri Lanka e Indonesia se abastecen de Internet “impulsado por globos” provisto por Google, mientras el equipo a cargo del proyecto continúa trabajando para optimizar la tecnología y expandir la red a nivel mundial.

Proyect Loon es uno de los tantos proyectos innovadores en los que Google apuesta de cara al futuro. Autos que se conducen solos a partir de sensores, geolocalización y softwares especializados. Lentes de contacto para diabéticos que miden los niveles de glucosa en sangre a partir de un microchip inserto en la lente. Impresoras 3d de prótesis para personas con discapacidades. Anteojos para ciegos que ayudan a recuperar la visión, y la lista sigue…

 

Día 3: Bienvenidos, pasantes.

  1. El número se refleja sobre la pantalla gigante de “La Gran Willy”, la sala de conferencias de Google Argentina donde está por comenzar la semana de orientación de los pasantes. Los ingresantes alborotados charlamos entre nosotros, sin siquiera percatarnos de las cuatro cifras que se proyectan desde el cañón. La emoción nos desborda, al fin ha llegado el día que tanto esperábamos.

 -Adivinen qué es ese número-, nos desafía Paula.

De repente, silencio absoluto. Todos se acomodan en sus lugares y dirigen la vista hacia el frente donde se ubica la pantalla. Sin embargo, ninguno logra reaccionar. Estamos demasiado nerviosos para andar con adivinanzas.

-Arriesguen chicos, no pasa nada si no le pegan–, agrega Pau, tratando de romper el hielo.

-La cantidad de empleados de Google Argentina–, dice el primer valiente.

-No… ¿quién da más?

-¿La cantidad de pasantes de Google en el mundo?–, arriesga otro.

-Bien pensado. Podría ser pero no.

-Cantidad de clientes en Argentina–, se escucha desde el fondo de la sala.

-Mmm… tampoco. ¿Qué otra opción se les ocurre?

Ya nadie responde pero todos queremos saber la respuesta. Pau decide no alargarlo más:

-Es la cantidad de personas que aplicaron para estar sentados donde hoy están ustedes –hace una pausa, los pasantes cruzamos miradas entre nosotros– 1645 estudiantes universitarios de los cuales sólo 16 fueron seleccionados. Para ser exactos, un 1%.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Detrás del orgullo y la emoción de sabernos “los elegidos”, me pesaba la responsabilidad de ocupar el lugar que estaba ocupando.

Fecha: diciembre de 2015

Escenario: La casa matriz de Google en Mountain View, California, Estados Unidos. Sundar Pichai, el nuevo CEO de Google, ha reunido a todo el staff en el jardín central del “Googleplex” (nombre que recibe el predio donde están las oficinas).  Desde que el Máster en Ciencias, originario de la India, ha asumido como director ejecutivo de la compañía, esta es una de las primeras reuniones con todo el personal. Se percibe en el aire cierta excitación.

-Nos llena de orgullo comunicarles que hemos sido elegidos, una vez más, como la mejor empresa para trabajar en el mundo- dice Sundar con su inconfundible acento indio, mientras camina lentamente de un extremo al otro. Viste una camisa suelta, sin corbata, con un poco de barba, rompiendo los esquemas del mundo corporativo.- Al mismo tiempo (agrega), estamos agradecidos con ustedes, porque es la gente que la conforma lo que hace que Google sea el tipo de empresa que es.

Por varios segundos, los aplausos no se aplacan.

Cuando de calidad de vida y ambiente de trabajo se trata, Google no se queda atrás. Ha sido calificada repetidas veces como “el mejor lugar para trabajar en el mundo” por Great Places to Work, una consultora global de RRHH que una vez al año publica un índice muy conocido de las 100 firmas más codiciadas en el mercado laboral. Compensaciones superiores al promedio, flexibilidad horaria, una cultura innovadora, múltiples beneficios en el lugar de trabajo que van desde comida gourmet gratis y servicio de guardería hasta lavandería, gimnasia y masajes, la posibilidad de trabajar desde el hogar o traer las mascotas a la oficina. Los motivos por los que los profesionales eligen a Google son varios pero hay uno que se destaca: la mayoría de los Googlers sienten que su trabajo contribuye a hacer del mundo un lugar mejor.

Día 4: Manos a la obra

“No hace falta usar corbata para verse serios”, nos habían repetido una y mil veces durante la semana de orientación. Recuerdo también haber leído la frase en la descripción de la cultura corporativa en la página web de Google, sin entender por completo a qué se referían.

Una semana después terminaría de comprender su significado, cuando luego de media hora de reunión con Vicky (mi manager), me explicaron cuáles eran mis objetivos para los primeros meses de trabajo y cómo iban a ser evaluados: “ustedes tienen libertad para administrar su tiempo como quieran, y en la oficina distracciones sobran. Pero se les va a exigir que cumplan con las tareas que les asignamos. Eso es, para un persona que recién comienza a trabajar en Google, el principal desafío”.

Tendría “métricas” con las que cumplir periódicamente y, al mismo tiempo, debería ir preparando un documento con todo el trabajo realizado para presentar al finalizar la pasantía: mencionar las metas alcanzadas, los errores cometidos, las fortalezas y las debilidades de mi performance. El último día como pasante debería exponer enfrente a mi equipo y a partir de eso un comité conformado por tres personas de mi área decidiría darme o no la famosa “conversión”: la oferta para efectivizarme como empleada full time, una vez terminada la pasantía.

Ahora estamos en Mafalda, el comedor de Google, luego de una intensa jornada de laboral. Mientras me salteo la parte de las sopas y voy directo hacia las milanesas, se me hace imposible no pensar en el personaje de Quino y me convenzo de que si Mafalda viviera hoy, le hubiera encantado ser una googler.

La charla del almuerzo se volvió monotemática. Las expectativas sobre el desafío que se nos viene nos tienen a mal traer. Como si fuera poco, hace un par de días que intento acomodar mis horarios de trabajo con los de la cursada y no llego a nada coherente. Una vez más, parece que elegí el camino difícil…

La pendiente es alta. Las ganas de escalarla sobran.

Foto de portada: .