Antes de empezar a preparar una clase de Historia para las materias que dictó en la Universidad Di Tella algunas preguntas comienzan a darme vueltas: ¿Qué cosas pueden hacer que estudiantes de diferentes carreras (Economía, Administración, Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales) se interesen por los temas? Cuestiones que parecieran por momentos desconectados de sus vidas, lejanos y ajenos: la Revolución Francesa, la Industrialización en Inglaterra, la Primera Guerra Mundial y un largo etcétera.  En esos episodios del pasado se suceden personas que parecen no tener nada en común con la vida de los estudiantes o con la de los profesores: Reinas y reyes, obreros y campesinas, artesanas y soldados. Todos personajes que parecen no estar conectados con nuestra vida actual. Sin embargo, cuando se avanza en la historia y se llega al siglo XX los perfiles de las personas parecen acercarse a los nuestros. Es más, el pasado comienza a acercarse a nuestras vidas…

Ahora bien, enseñar historia se ha vuelto una suerte de desafío en una sociedad que hace del presente su único momento a vivir.  Así, en estos tiempos todo debe ser inmediato: los mensajes electrónicos, las series de T.V y las reacciones en las redes sociales. Un presente perpetuo que parece cada vez más confuso y desconectado del pasado.  En este punto me gustaría plantear los siguientes interrogantes referidos a la cuestión sobre la enseñanza y estudio de la Historia: ¿Por qué es importante pensar el pasado? ¿Qué nos pueden enseñar esas personas que vivieron hace tanto tiempo? ¿Cómo reflexionar críticamente a partir de las experiencias históricas? Estás preguntas me ayudan a pensar algunas ideas que lejos de respuestas definitivas quieren invitar al lector (estudiante, profesor) a reflexionar y construir nuevas maneras de acercarse al pasado.

Hay dos momentos claves en el proceso de aprendizaje y enseñanza de la Historia: el espacio del aula y el momento de lectura de los textos. Creo que ambos deben estar vinculados, no solamente porque las clases teóricas deben incluir una explicación y discusión sobre los textos, sino porque las mismas deben ser una invitación a pensar y profundizar las temáticas. En ese sentido, pienso que el momento del aula guarda algunas reminiscencias de una suerte de representación teatral.  Un lugar con un aura único y que a diferencia de un teatro uno espera que los estudiantes se acerquen a los contenidos de la materia y salgan del aula parte de los mismos. Por esa razón, además de la labor docente, esto es el uso de nuestra voz, de “poner el cuerpo” en cada clase, creo además que las estrategias para abordar el aprendizaje del pasado deben acercar a los estudiantes a algo de ese mundo que queremos transmitir. Así, en una era de imágenes, las fotografías ayudan a despertar el interés de los estudiantes, una foto de una larga fila de desocupados durante la gran depresión en los Estados Unidos o Steve Jobs abrazando a su computadora Lisa (su preciado proyecto de inicios de los años ochenta) nos muestran la génesis de nuestra era actual.

Ahora bien, además del momento del aula el otro momento fundamental es como se mencionó más arriba: la lectura. Se escribe y se habla mucho del problema de la falta de lectura en la sociedad actual. No voy a entrar en ese debate aquí, que es un tema para tratar en sí en otro artículo. Sin embargo, quiero mencionar que la curiosidad por leer y explorar el pasado puede comenzar en el espacio del aula. Es más, eso que comienza con la lectura se convierte, para sorpresa y alegría del profesor, en escritura por parte del estudiante. Aquí está la historia sobre como aula, lectura y escritura sobre el pasado pueden confluir.

El año pasado en la materia “Historia del Mundo Contemporáneo (1914-2000)” donde tuve el placer de tener a los estudiantes de las carreras de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales,  incluí en una de las unidades la cuestión de los genocidios en el siglo XX. Así, luego de estudiar el genocidio contra los armenios en el Imperio Otomano durante la primera guerra mundial, los estudiantes analizaron el Holocausto o Shoa durante la Segunda Guerra Mundial. Para esa clase pensé que la mejor manera de transmitir esa experiencia era que los jóvenes escucharan la voz de alguien que había pasado por los horrores de la Segunda Guerra Mundial. La posibilidad que un sobreviviente se acercase a la Universidad fue gentileza de la Casa Ana Frank Argentina, donde ese año había brindando una conferencia sobre el centenario del Genocidio Armenio. Ellos tuvieron el gesto de contactar al señor Román Danon para que se acercase a relatar sus vivencias para los estudiantes. Román contó su dura experiencia ante las distintas comisiones de la materia “Historia del Mundo Contemporáneo” ante un aula repleta. Parado con sus jóvenes ochenta años, habló con energía y pasión de sus duros recuerdos y creo que su voz llegó a los corazones de los presentes.

El curso continuó y las clases fueron tomando otras temáticas: la Guerra Fría, la expansión económica de post guerra hasta llegar a la finalización de la materia con la era de la globalización. Sin embargo, las palabras de Román habían conmovido a los estudiantes y en uno de ellos plantó las semillas para continuar pensando en el tema…

Así, meses después que finalizó el curso encontré en la bandeja de mi correo electrónico un e-mail que me causó una mezcla de emoción y sorpresa. Un estudiante de Di Tella, llamado Franco Galeano, agradecía las clases y además me contaba que inspirado por las lecturas, discusiones y experiencias en el aula había escrito y publicado su primer artículo sobre la negación de los genocidios. Al  leer su texto, sentí gratitud y calma. Un tema sensible del pasado, los genocidios, era abordado por un estudiante desde una visión universal y comparativa. Así, estas cuestiones, a pesar de encontrarse en el pasado, manifiestan sus ecos en un mundo actual signado por los conflictos, la confusión y la ignorancia.

Ante un mundo que parece vivir un presente sin conexión con el ayer,  plantearse preguntas, volver a la curiosidad, hace del momento del aula, de la lectura y de la escritura las herramientas para pensar los valores y proezas que pueden realizar los seres humanos, desde sobrevivir a tragedias hasta tener la capacidad de imaginar, inventar y escribir. Esperemos que el trabajo en conjunto dentro de la Universidad continúe el espacio de pensamiento, debate, lectura y escritura del pasado, presente y futuro.

Foto de portada: x.