El otro día asistí a una charla sobre innovación. La persona que la daba trabajó en Silicon Valley en estos últimos años y decidió volver a Argentina para trabajar en una famosa empresa multinacional. ¿Cuál iba a ser su tarea? Desarrollar un departamento de innovación para Start-Ups.

Para captar el interés de los que estábamos presentes, nos empezó a revelar las dos genialidades que Silicon Valley estaba desarrollando.

La primera era derrotar la vejez, asegurándonos que su hijo iba a vivir 1000 años, ya que una vez que se descubriera como vivir 20 años más, iba a haber una explosión exponencial y se iba a llegar al milenio.

La segunda era que los autos se iban a manejar solos en cuestión de algunos años más.

Lejos de sentirme asombrado por semejantes innovaciones, me sentí incómodo. Caí en la cuenta de que el polo que marca el pulso de la innovación global perdió el rumbo. En lugar de buscar innovaciones para solucionar los problemas globales que enfrentan las poblaciones más desprotegidas, el valle del silicio se encapricha en hacerle la vida más cómoda a las poblaciones más pudientes.

En vez de cerrar la brecha, la mayor parte de los esfuerzos están puestos en agrandarla.

Comparemos algunos números:

Se está buscando vivir hasta los 1000 años. Supongo que los tratamientos para poder vivir hasta esa edad no serán para nada baratos. Tomemos, simplemente como ejemplo, los tratamientos contra el cáncer que en los Estados Unidos cuestan alrededor de los 100 000 dólares por año. Teniendo en cuenta que hay 700 millones de personas que viven con menos de 2 dólares al día, la vida eterna parece estar destinada a unos pocos. En la Edad Media había un ritual que se llamaba la Danza de la Muerte. Este consistía en que los campesinos pobres festejaban que la muerte podía tocarle a cualquiera, incluso a los nobles y al rey. Si el campesino festejaba que lo único que los hombres no podían controlar era la muerte, en unos años más no habría nada más para celebrar.

Yo me pregunto por qué trabajar para lograr que unos pocos vivan 1000 años. Me parece mucho más útil e interesante investigar cómo hacer para nivelar las tasas de esperanza de vida a nivel mundial. Con esto me refiero a que hoy en día un europeo o un estadounidense vive en promedio 30 años más en que un africano y 20 años más que un asiático según la Organización Mundial de la Salud. Si analizamos los extremos, en Mónaco se espera vivir 89,6 años comparado con los 31,88 años de Suazilandia. Una brecha de solo 68 años.

Con respecto a la idea de que los autos se manejen solos, no tengo mucho que decir. Solo contarles que ya existen otros países en el mundo que tienen autos automáticos. Según mis fuentes, en Madagascar, que hay un auto cada 1000 habitantes, estos ya se manejan solos. Ni hablar de países a la vanguardia tecnológica como Afganistán o Malaui, que tienen cero autos cada 1000 habitantes y que estos se manejan de forma automática. Aclaro que los datos de la proporción de autos anteriores son reales y provienen de Nation Master pero todo esta expresado en forma irónica. Dudo que a los afganos les interese tener autos automáticos cuando solo 70 mil hogares dentro una población de 30 millones de habitantes tiene telefonía fija.

No quiero que el esfuerzo humano se ponga en mejorarle la vida a unos pocos. No quiero que se agrande la brecha entre ricos y pobres. Si se juega con los límites no hay sistema mundial que aguante. Hoy, el gran desafío del capitalismo es generar mayor integración de países y de sociedades que quedaron rezagadas en factores de desarrollo humano. No se necesita charlas inspiradoras de unos chicos que hicieron una app para conseguir previas. Se necesita mostrar con el ejemplo personas que pudieron armar proyectos para ayudar a los que más necesitan. Ejemplos sobran.

Miremos las Empresas B, que  redefinen su propósito incorporando en sus estatutos intereses de largo plazo para todos sus públicos de interés. Su modelo de negocios incluye gobernanza, trabajadores, medioambiente y comunidad.

En lugar de contar la historia de un hombre que inventó una afeitadora que cuesta solo un dólar, contemos la historia de Alfredo Zolezzi. Este tipo, que no lo conoce nadie, inventó el Plasma Water Sanitation System que es una tecnología que permite eliminar el 100% de los virus y bacterias presentes en el agua y convertirla en potable. Este invento atrajo la atención de grandes empresas que querían comprar esta tecnología. Pero Zolezzi no lo vendió, ya que sabía que el 85% del agua dulce la usan las industrias, y que la posibilidad de que este invento le cambiara la vida a los que menos tienen, iba a ser pequeña.

Cuando le preguntaron a Zolezzi por qué no quería vender su invento, él respondió: “Preocuparnos de que la tecnología llegue primero a la gente que más lo necesita, no implica renunciar para siempre a hacer negocios. Solo que el negocio no lo vamos a hacer a costa de los pobres”.

Foto Flickr por Dan Mason

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