La limpieza de arroyos contaminados en el conurbano profundo es motivo suficiente de sorpresa en nuestro país, sin embargo, no fue esto lo que generó la noticia. Entre las espesas aguas grises de los arroyos Las Piedras y San Francisco, en el sureño partido de Quilmes, ocho cuerpos sin vida fueron encontrados durante tareas de limpieza. Dicho suceso trajo consigo un profundo interés de los medios y la conmoción del público. Fue así como la noticia repercutió en lo más profundo de nuestros televidentes. Convertido en tema de sobremesas e infinitas especulaciones, programas especiales, análisis de especialistas y reportajes que cooptaron el mainstream televisivo, se trató de encontrar una explicación a semejante cuestión. Se habló de pobreza, drogas, ajustes de cuentas y, hasta política. Todo fluyó en la marea mediática que inundó nuestras pantallas y pensamientos.

Lamentablemente, lo que no fue noticia fue la verdad. Los cuerpos nunca fueron ocho, ni fueron encontrados por la supuesta ONG que hacía la limpieza del lugar. Ni siquiera hubo alguna denuncia de este tipo, ni mucho menos. Según la subsecretaria de seguridad del distrito, solo se sabía de la existencia de dos cuerpos que formaban parte de investigaciones judiciales ya esclarecidas (una violenta pelea entre vecinos, que terminó con uno de los partícipes en el arroyo y un individuo que fue encontrado muerto en su precarizada vivienda en los márgenes del río). A pesar de todo ello, lo paradójico de toda esta situación es que, luego del la “tromba noticiaria” de estas semanas, ningún medio hizo mea culpa de su (des)información, y donde si la hubo, no tuvo ni la magnitud, ni la repercusión, que sí había tenido la ficción previa.

Hechos como estos nos revelan el oculto proceso de la construcción de la verdad, y el rol que juegan los medios en ella. Actualmente, las sociedades están expuestas a la influencia abrumadora y asfixiante de la prensa y la propaganda. Los medios masivos de comunicación han “tomado la posta” en la transmisión de los hechos a un público receptivo y expectante. Es así como los primeros, a través de su poder y posición, tienden a distorsionar la realidad en el mensaje que emiten. No por motivos malintencionados o conspiradores (aunque sin duda los pueden haber) sino porque, como actores que son, poseen intereses y cosmovisiones propias del mundo, que aplican a la información que extraen y producen. A su vez, y no menos importante, estos medios están sujetos, inevitablemente, a una lógica comercial (propia del mercado en el que están insertos) en la que persevera el número de audiencias “hipnotizadas” por sobre la veracidad de la imagen de la realidad que exponen. Como consecuencia de ello, esta misma lógica impone a los medios estándares que solo pueden ser alcanzados a través de la producción explosiva, casi frenética, de un material periodístico que “venda”.

Hoy en día vivimos en un contexto de verdades mediatizadas que impactan y afectan profundamente nuestra visión del mundo. Varias veces no nos preguntamos si lo que dice el noticiero o lo que sale en los diarios es verdad (puesto que si así lo dice, así debe serlo). Inclusive, cambiamos de canal cuando lo que vemos nos presenta una duda existencial a nuestro punto de vista sobre las cosas. Es así como nos vamos acomodando, plácidamente y casi sin percatarnos, en una zona de “confort mediática” en la cual nos dejamos “hamacar” por los vaivenes de la coyuntura periodística. Este es sin duda, el mayor desafío que se le presenta los individuos modernos en sociedad. Poder definir lo que es verdad en la ficción y lo que es ficción en la verdad.

Foto de portada: James Good en Flickr.