Cuando recibí la sugerencia de escribir unas líneas para La Curva, me pregunté qué cosa que yo tenga para decir podría servirle a los eventuales lectores. Aunque alguna vez fui estudiante (bueno, no hace tanto tiempo) ahora soy profesor y, por ende, tengo las mañas de un profesor. Y se me ocurrió que tal vez podría comentarles qué cosas nos irritan especialmente.

En primer lugar, está la cuestión de los correos. Eviten enviar correos electrónicos que los hagan quedar como sujetos infantiles y/o inmaduros. La universidad es, para muchos de ustedes, la primera experiencia similar a un ambiente de trabajo. Y lo es. Las primeras casillas de correo seguramente las abrieron para mandarse mails con sus amigos del secundario, donde había códigos, apodos y costumbres compartidos. Es hora de crecer. Evitar remitentes  o direcciones de mail del tipo: aguuus_rivercapo@hotmail.com o florcitacapa@yahoo.com. En dos o tres años van a estar enviando sus CVs para pasantías u ofertas de trabajo. Adelanten tiempo y háganse una casilla de correo profesional. Es gratis.  

Ya que estamos en el temita correos electrónicos…no pregunten pavadas por mail. Me imagino, para ustedes enviar un mensaje de dos líneas con una pregunta tonta no lleva mucho tiempo. Pero yo este año tengo cursos que llegan a setenta alumnos. Con que solamente un 15% del curso me mande un mail, ya tengo diez mensajes en mi casilla. ¿Vieron que soy lento para responder? Bueno, ahí tienen.

Aún peor que el formato es, a veces, el contenido. Por ejemplo, recibo todos los años mails con mensajes del estilo “Estimado profesor, no pude ir a clase ayer. ¿Vieron algo importante?”. A lo que me gustaría responder “No, tranquilo, estuvimos mirando videos de gatos en youtube. No pasa nada”.

No sé si lo que vimos es importante (importante es si Racing gana el domingo) pero si te interesa lo que vimos, sugiero que leas lo que estaba asignado, tomes prestadas las notas de algún alumno que haya asistido y si no entendés algo, me preguntes. Ah, en lo posible en la próxima clase y no por mail (ver ut supra).

Otros especímenes de mails (juro que todos inspirados en hechos reales): “¿Qué es lo importante para el examen?” o también “¿Entra todo lo que vimos?”, y una desafortunadamente larga lista de etcéteras.

Acá voy a hacer una confesión. No todos los temas que vimos son iguales de importantes para el examen. Pero discernir eso, aprendiendo a extraer lo más importante de lo que leés es parte de tu formación. Si viniste a clase, darse cuenta de lo que es más importante no debería ser muy difícil.

Y el programa. ¡El programa! Yo tardo semanas en pensarlo. Hacé de cuenta que lo leíste y no me hagas preguntas (del tipo “¿Qué hay que leer para la próxima clase?”) que están respondidas. Por favor.

Podría seguir un rato más (créanme). Pero tampoco quería dejar de hablar (escribir) de otro tema. La actitud en clase es importante. Yo sé que para la mayoría de ustedes, los temas que tocamos en el aula son irrelevantes. Pero, aunque sea por una cuestión de educación, deberían evitar empezar a empacar diez minutos antes de terminar la clase. Yo sé que si no salen antes no consiguen lugar en el comedor o en el bonditelliano. Pero esas pequeñas actitudes caen mal. Dentro de esta misma categoría cae jugar con el teléfono o con la netbook. O hablar en clase con el que está al lado. No vas a reprobar por eso (o no solamente por eso, jeje) pero la impresión que dejás es mala. Y aunque tal vez no pase nada, la vida no está como para andar destruyendo tu reputación por ahí.

Lo mismo ocurre con excusas al mal desempeño, a ausentarse al examen o a la entrega tardía de tareas. Yo enseño en UTDT hace algunos años (ya estoy entrando en la etapa en la que prefiero no contar cuántos años exactamente). Me conozco bastante las excusas. Si me vas a mentir, inventate una historia buena de verdad para que la pueda contar en el almuerzo con los profesores y nos podamos reír un buen rato (¿vieron que a veces en esos almuerzos, cuando no nos estamos peleando nos estamos matando de risa? ¿De quién creen que estamos hablando?).

Lo último. La universidad, como su futuro profesional, va a estar signado por algún momento de fracaso. Ahora me podría poner sentimentaloide y empezar a citar los casos de Steve Jobs o Albert Einstein pero es innecesario. Solamente voy a decirles que reprobar una materia no es la muerte de nadie. Entiendo, se sienten mal. Pero créanme que en el gran esquema de la vida no es tan importante (a menos que estén reprobando todas las materias; si es el caso deberían replantearse lo que estás estudiando o cómo lo están haciendo). Yo, que los que fueron alumnos míos pueden atestiguar lo exitoso y glamoroso que soy, también reprobé materias.

Pero vos, que no me creés y estás devastado, evitá hacerme reclamos sobre la nota. Ojo, venir a preguntar en qué te equivocaste está perfecto. Yo te voy a tratar de decir. Pero los profesores nos tomamos el trabajo de leer cuidadosamente los exámenes; en mi caso particular presto especial atención a los que voy a reprobar. No me quieras convencer de que merecés aprobar. Lo más probable (no lo puedo verificar, obvio) es que no estudiaste lo suficiente. Listo, ya está. Pero no intentes convencerme de lo contrario. Y mucho menos intentes extorsionar. Yo en particular me tomo muy mal comentarios del tipo “si me va mal me tengo que ir” o “tengo una beca y tengo que tener el promedio más alto”. Yo que vos no los digo. En mi caso, es casi un pasaje seguro a eliminar cualquier tipo de posibilidad que quedaba de que revea la nota.    

Dicho todo lo anterior (que sonó muy antipático, seguramente), la mayoría de nosotros nos encanta interactuar con alumnos interesados y entusiastas. A mí me gusta que me paren a hacerme preguntas o se acerquen a discutir de política y de fútbol (salvo hinchas de Independiente). Así que cuando me vean en el bar, ya saben.

Nos vemos en clase.  

Foto Matthew en Flickr

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