La verdad de la milanesa. Pensé esta frase en mi cabeza como una L sostenida y luego el resto, lo que sería en fonética como un “LLLLLLa verdad de la miLanesa” (haciendo resonar la L de milanesa). Pensé que era un buen momento para escribir algo. Pensé que no quería escribir un cuento, sino una reflexión. Pensé que me gustaría describir una verdad. ¿Qué verdad, me pregunte entonces? “La verdad de la milanesa”, me respondí.

Pero ¿qué es una milanesa? Un filete de ternera rebosado en pan rallado y otros vegetales a gusto, como ser perejil. Puede ser frita o al horno. Pero esto no es lo importante. Lo importante es que yo me quería imaginar una verdad. Quería plasmarlo en palabras. ¿En cuáles? No lo . Dejaré que el texto me lleve. Me objetivo es terminar el texto con una metáfora directamente relacionada. Aunque eso es muy difícil. Lo más probable es que termine el texto con un “Al final no tenía nada que ver con una milanesa, pero como me comería una ahora”. Porque, digamos la verdad, ¿cuándo no te comerías una milanesa?

En este momento estoy pensando en el momento en el que estás leyendo esto. Sí, te estas imaginando que, efectivamente, voy a terminar la reflexión de este forma. Y te estás riendo, como si fueras cómplice de que lo haga. Y yo tengo que terminar estas páginas, porque dije que iba a escribir una reflexión y no puedo dejarla por la mitad. Aparte, sino no puedo rematarla con mi célebre frase, y la única idea que es legítimamente factible: no tiene nada que ver con las milanesas. De hecho, no tiene que ver con nada. No tiene el más mínimo sentido. Pero a medida que las palabras fluyen y se van acumulando en la pantalla, todo empieza a tomar color. La milanesa se empieza a cocinar. Ya se atisba la fragancia de esa carne cuasi-frita, abriéndonos el apetito, salivándonos la boca.

Y mientras tanto, ya tengo unas dignas 335 palabras. Ya puedo robar, al menos durante unas dos semanas, que a las 4 de la mañana de un viernes me pintó el escritor y me puse a escribir, ante la mirada de un búho de una botella Villavicencio, unos humildes pensamientos. Tomo unos sorbos, reflexiono un poco. ¿Para qué hago esto? Me tomo unos segundos. La respuesta no está clara en mi mente. Simplemente lo hago, es la razón que más se asoma. Escribí tres cosas. Ninguna de las tres me gustó. Las borré. Me completa. Eso sí me gusta. Es mi forma de expresarme. Para mí, la gente necesita expresarse.

Escribí unas líneas más y tampoco me gustaron. Las borré. Me habían salido muy discurso del Papa Francisco. Parecido al de la publicidad de Quilmes. Empiezo a releer el primer párrafo. Leo las primeras siete palabras. Dejo de leer. De esta forma no estaría dejando que el texto me lleve. Y esa es la principal premisa de esto. La verdad de la milanesa. Ups. Lo dije de vuelta. Y tampoco tenía nada que ver.

Ya podría ir cerrando. Si sigo escribiendo no lo va a leer nadie. Muy largo. Y no dice nada. Simplemente letras y letras que se juntan con el objetivo de formar palabras sin sentido, para poder afirmar “yo escribí algo a las 4 de la mañana de un viernes”. Porque al final no somos más que lo que decimos. O sí somos, pero nadie lo sabe. Y si nadie lo sabe, ¿lo somos? Si se cae un árbol en el bosque y nadie lo escucha, ¿hace ruido?

Al fin, escribí algo con sentido. Ya me puedo ir a dormir tranquilo. Aunque… ¿qué es ese olor? LAS MILANESAS. LA PUTA MADRE. Bueno.  Al igual que el texto, a las milanesas las cocine durante demasiado tiempo y se me quemaron. Aunque, por lo menos, sí tuvo algo que ver.  Pero como me comería una ahora.

Foto por Los viajes del Cangrejo en Flickr

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