Domingo por la mañana. Diario, computadora y café. Lista para un desayuno tranquilo, escucho un ruido en mi cuarto. Por un segundo, me detengo e intento prestar atención. Ahí está otra vez. La idea viene instantáneamente a mi cabeza, y luego de un momento de lucidez, la descarto. No puedo evitar reír a viva voz, un poco encantada de mi aun intacta imaginación pero también un poco avergonzada de su infantilidad. Digo, ¿un pokémon en mi propia casa?

El fenómeno –o la pandemia– de Pokémon Go se ha expandido de forma viral alrededor del mundo, resultando un éxito rotundo desde su lanzamiento. Pero la emoción con la que lo recibieron muchos millenials solo es comparable con la confusión que generó en otras generaciones. El repentino bombardeo de titulares y notas acerca de esta nueva tendencia no ha logrado aclarar todas las dudas que surgen acerca de ella.

Basada en el animé del mismo nombre, pero volviendo a sus orígenes como juego de video, Pokémon Go invita a cualquier entusiasta a convertirse en un entrenador Pokémon: a ser el próximo Ash Ketchum. Lanzada en Julio de 2016 por Niantic, Inc, la aplicación permite a cada usuario, por medio de un simple clic, hacer un nostálgico viaje a Pueblo Paleta. Una vez dentro, los jugadores deben buscar, atrapar y entrenar a sus propios pokémons. Desarrollado con microtransmisores, la plataforma hace posible que los jugadores ingresen en lo que se conoce como “realidad aumentada”; y que, con ayuda de un sistema de localización virtual, descubran diferentes personajes de la saga ocultos en el mundo real. Nuestras pequeñas pantallas buscan “abrirnos los ojos” a aquello que nuestros sentidos no pueden percibir.

Esta idea multimillonaria ha asegurado a Nintendo un aumento sostenido en el precio de sus acciones. Para algunos, la idea de encontrar un Squirtle o Charmander de camino al trabajo o en los pasillos de la universidad, parece ser excitante. Sin embargo, esta moda que casi con seguridad resulte pasajera (al igual que las demás: 2048, Candy Crush, etc.) refleja algo que, de generalizarse, llegaría a preocuparme. La pregunta que me mantiene despierta va más allá de cualquier crítica a la aplicación o a sus usuarios.

Después de todo, este es un país libre.

Pero lo que no deberíamos pasar por alto es pensar por un segundo el uso que le estamos dando a la tecnología. Puesto que, de no prestar atención, podríamos obviar que los últimos avances que se hicieron presentes en el mercado tienen una clara característica común: despegarnos de la realidad en la que vivimos para crear todo un mundo de nuevas sensaciones. Suena casi adictivo, ¿no?

¿Quién no querría tener una charla eterna con el Profesor Oak o incluso, para aquellos menos ambiciosos, irse a esquiar a los Alpes sin tener que moverse de su casa? La tecnología de realidad virtual o aumentada está en desarrollo para hacer eso posible. Y aun así, si es que voy a ser sincera (y, créanme, me lo he planteado numerosas veces) no me entusiasma para nada este tipo de avances. Separarnos del mundo no es la respuesta a aquello que no nos gusta. Creo fervientemente que hace falta preguntarnos: ¿qué tan mala puede ser nuestra realidad como para que sea necesario escaparnos de ella por todos los medios posibles? “Si no te gustan, o no estas de acuerdo, cámbialas” nos diría Platón en Critón. Pero en una cultura donde hacer un esfuerzo parece implicar no haber sido lo suficientemente inteligente para encontrar atajos, me pregunto si es posible esperar otro tipo de conducta.

Tal vez, sea hora de que aceptemos que los creadores de Wall-E no estaban tan alejados al imaginar un futuro donde una computadora navegue nuestro destino. Pensándolo bien, que nuestro objetivo diario sea entrenar seres animé, mientras caminamos pegados a una pantalla en busca de trasmisiones eléctricas que simulan existir a la vuelta de la esquina, no es tan distante de un mundo donde una máquina de inteligencia artificial nos dice que es lo que debemos ver y donde podemos encontrarlo.

En fin, tal vez pensar dé demasiado trabajo. Tal vez es mejor que nos olvidemos de cómo mejorar nuestra vida real y cedamos el lugar que se merece a la realidad virtual. Será mejor que nos apresuremos, ¡y comencemos a atraparlos ya!

Foto por Eduardo Woo en Flick

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