“Los temas fundamentales de Shaw son la filosofía y la ética: es natural e inevitable que no sea valorado en este país, o que lo sea únicamente en función de algunos epigramas. El argentino siente que el universo no es otra cosa que una manifestación del azar, que el fortuito concurso de átomos de Demócrito; la filosofía no le interesa.”

Borges dijo enciclopédicamente lo que este ensayo ambiciona explicitar de forma

breve, actualizada y directa. El problema más grave de la argentina es un problema íntimamente literario. La Argentina devino  (no por cuestiones generacionales, sino, por excesivo globalismo) una nación poco bovarisada. Nadie desea ya ser Don Quijote de la Mancha (pese al ejemplo poco sutil) o, en el peor de los casos, Jean Valjean. El quijotismo de los inmigrantes italianos, como representación de la necesidad de una irrealidad inherente a la concepción de mundo, son impensados en la Argentina contemporánea de cocainómanos mediáticos y televisión prostibular.

Puede hacerse, a la hora de buscar un orden causal, cierta retrospección y pensar que la victoria del policial o el fantástico-extraño al género fantástico-maravilloso es causa de esta crisis cuasi-etopéyica del argentino. También, puede argumentarse que la causa emana de la derrota del surrealismo. Sin embargo, el surrealismo en sí mismo podría haber resultado en la misma crisis, de nada nos sirve Breton en esta ecuación; no se debe buscar la irrealidad (y menos la surréalité), mas, cierta conciencia de irrealidad. L. Carroll quizás haría más por nosotros que Breton. ¿Pero bastaría con desear ser el sombrerero para que la crisis se desvanezca?

El sentido mismo de la bovarización reside en la tensión entre lo real y lo maravilloso, en los pliegues perceptivos. Consecuentemente, está necesariamente ligado a lo fantástico puro, es una tensión que nunca debe resolverse, lo fantástico es el límite entre lo extraño y lo maravilloso, pero como límite –frontera-  no se resuelve. El Policial (aunque le pese a Todorov) recae en lo fantástico-extraño y se resuelve por lo extraño. Por el otro lado, tanto el maravilloso como el fantástico-maravilloso  son demasiado concluyentes en su forma. El género maravilloso no presenta mayores conflictos, desde un primer momento acepta una irrealidad absoluta, y el lector no la objeta. Si el policial presentaba una tensión y resolvía por lo extraño, el fantástico-maravilloso es su antítesis; presenta estos términos en resistencia y termina resolviendo por lo maravilloso. En estos últimos, se pierde el rasgo estético, como aquello que se indica pero que no sucede, que se insinúa, la “inminencia de una revelación, que no se produce”, en esa tensión reside el hecho estético.

En este sentido, la filosofía es, en sí misma, estética. Este atributo le corresponde en cuanto en sí misma vive en una tensión irresuelta.  “La filosofía es una rama de la literatura fantástica.” ¿Por qué habría que leer a Carroll, si puede leerse a Hume? ¿O, por qué leer a Hume, si puede leerse a Carroll? En fin, que atrayente sería nuestra nación si cambiáramos la pornografía coreografiada de la noche por una discusión -que ya a priori sabemos infructífera- sobre el idealismo filosófico. ¿Y si a esto le agregáramos algo de Carroll? ¡Mejor! tendríamos a un periodista tirando un pino en el medio del bosque y volviendo a ver si hizo ruido mientras no estaba. La filosofía es la principal fuente de fabulación, lleva lo real a lo impensado y genera el relato en la frontera de lo extraño. La filosofía no solo es epistemológicamente rica, es literariamente inagotable, permite razonamientos y cogitaciones lúdicas, erradicar la existencia del tiempo, retomar las anacronías, dilucidar su circularidad. A su vez, justifica las ontologías sartreanas que generan poemas como los de Paz; quizás no solo sea la búsqueda última de saber, sino, la mayor expresión estética. El pensamiento filosófico vive en lo impensable, es un género de frontera y es –probablemente- la máxima expresión de lo estético. Consecuentemente, es ineludible concluir que aquel que vive en el nihilismo propio de las cogitaciones filosóficas, vive en el límite de lo posible, trasciende lo real.

Un país que piensa filosóficamente es un país que piensa desde la inutilidad del saber, que se aparta de la búsqueda de la verdad y se aproxima a la búsqueda en sí misma, a una revelación inminente que jamás sucede. La búsqueda filosófica es la literatura más bella. Debe desconfiarse de la verdad. Debe desconfiarse de quien “continúa prefiriendo siempre un puñado de «certeza» a toda una carreta de hermosas posibilidades; acaso existan incluso fanáticos puritanos de la conciencia que prefieren echarse a morir sobre una nada segura antes que sobre un algo incierto. Pero esto es nihilismo e indicio de un alma desesperada, mortalmente cansada.”  Por lo tanto, y tomando el argumento de Nietzsche, el argentino debe emborracharse de filosofía nihilista, debe saberse mortal y cederse a lo inútil, a lo fabulado, a lo estético, a las imposibilidades del mundo perceptivo…

Y sin embargo,  entender que “el mundo, desgraciadamente, es real”.

 

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