Oaxaca de Juárez, ciudad patrimonio cultural de la humanidad declarada por la UNESCO, se encuentra en el Estado de Oaxaca, a cinco horas de la Ciudad de México, sobre un cerro rodeado de grandes montañas donde se brinda homenaje a los difuntos de la sociedad mexicana. Al ritmo de las comparsas que decoran las calles de estilo colonial, el último día del mes de octubre se da inicio a un rito sagrado conservado desde antes del advenimiento de los españoles en América, el cual finaliza el dos de noviembre.

Las puertas de los cementerios se abren al público es allí donde más se deja ver el ambiente festivo. Los más adinerados contratan mariachis para cantarle a sus difuntos, mientras que los demás decoran tumbas de tierra con brillantina de colores; no faltan los adornos de calaveras, las caras de los niños pintadas o los disfraces, y mucho menos las cervezas o, como ellos les dicen, las “chelas”. Mientras tanto en las casas se preparan altares decorados con flores sembradas especialmente para la ocasión, el lugar se puebla de vírgenes y santos así como fotos de quienes ya no están, siendo agasajados también por aquellos alimentos y vicios que más los apasionaron como cigarrillos y mezcal. Los artilugios llamaran por la noche a las almas que están presentes en nuestra dimensión, razón por las que muchos creen que se pueden contactar directamente con ellos sin ningún intermediario.

Toda una vida yo estaría contigo, no importa en qué forma, ni dónde ni cómo, pero junto a ti, toda una vida te estaría mimando, te estaría cuidando, como cuido mi vida que la cuido por ti.

En el condensado ambiente suenan las trompetas, el coro sigue el mismo vaivén, la misma sintonía de un dolor frío que no ha podido superarse, que no se lo superará jamás.

Cámaras por todas partes, turistas en su mayoría europeos se sorprenden por el festejo, aunque se suman al rito tomando chelas y mezcal dentro del Partenón; toman fotografías y bailan sobre las tumbas pobres, esas que no tienen gran elaboración por demostrar. El piso de tierra se mete por las suelas de los zapatos y las personas patalean, pegan saltitos: los europeos intentando imitar los grititos y bailecitos mexicanos, pero con alcohol en las venas en este momento somos todos buenos cristianos, hermanos de carne y hueso.

Mientras que a dos horas del Partenón, un precario pueblo comenzó a festejar desde la tarde. Los aldeanos y vecinos de la comunidad de Nazareno de Etla, desde inicios del año van preparando los disfraces para la ocasión. Más que el día es la noche de los muertos y apenas se evapora el sol las calles se llenan de jóvenes disfrazados en alusión a las calaveras y todos con un tinte diabólico donde no pueden faltar la esencia de lo sádico en la elaboración de las vestimentas.

 Acá no hay diferencias, estamos en un carnaval. Satanás camina por delante de nuestros ojos, un hombre musculoso pintado de rojo. Nadie deja ver su rostro, como si fuese el carnaval en Venecia. Todos están bajo el efecto del alcohol, la marihuana y el personaje en el que se esconden.

Se toman muy bien el papel que esta noche ocupan: payasos, calaveras y demonios entre otros, y con la cerveza se transforman, fiesta dionisiaca para los pobres, está al alcance de todos, es una fiesta popular. Los mariachis no cantan, solo hacen sonar sus instrumentos mientras que el pueblo baila, derrochan liviandad, se ríen de la muerte, se ríen de los muertos sintiéndose parte de ellos. Los gritos también son parte del baile.

Dos bandas se acaban de cruzar, el peligro está al acecho. Vienen de diferentes lados, unos saliendo de la plaza principal y otros buscando entrar. Los muertos se chocan y comienzan a pelear, primero jugando los diferentes bandos chocan sus pechos, cuerpo a cuerpo, el ganador se quedará en la plaza y el perdedor se irá tranquilo. Chocan y chocan, hasta que los golpes mayores no paran de llegar, varios hombres se tumban en el piso y como niños se jalan de sus disfraces. Unos vendedores de mezcal intervienen y corren a los borrachos que se están jalando, mientras que continúan pasando los minutos y los bandos siguen pegando sus pechos. Ya se ve a la banda ganadora. Uno de los grupos ha quedado encerrado en una punta de la plaza, rodeado de cientos de borrachos, pero no se rinden y no dejan de tocar.

-“Esto esta muy pesado. Aquí nos van a matar, corremos o vamos a terminar en la letra de algún corrido…”, dijo una voz sin nombre propio.- y no faltó mucho tiempo para que algún pasional mexicano comience a echar bala a los cielos. Suficiente amenaza como para que varios grupos den fin a la noche en este lugar y decidan de cambiar de destino, al menos por un rato.

Las puertas de un auto se abren, dejando descender a una señora de aspecto armonioso. Ella es Rosa Silvia, la regidora de Educación, Salud y Cultura de Oaxaca de Juárez. Con ochenta y cinco años carga con una cartera y un rostro de porcelana maquillado como una muñeca. La celebración de muertos ha iniciado oficialmente y ella debe presenciar los eventos que ha autorizado en la capital de Oaxaca.

El recorrido comienza con una visita y una foto con “Las chinas oaxaqueñas”, en medio de una comparsa organizada por el municipio, se entregan pan de muertos y chocolate caliente a los invitados. Mujeres con cara pintadas de catrinas (calaveras) desfilan por una de las calles principales y mueven al son de la música sus trajes regionales.

Un estallido pone en evidencia la mala organización de un evento. Un altar con un poco de pirotecnia se habría prendido y esto provocó el ruido, aún así las mujeres no dejaron de mover sus largas faldas. Rosa Silvia se asustó, lo suficiente como para querer salir apresurada de aquella esquina, luego de tomar unas fotografías con los periodistas locales.

Entre corridas y gente de por medio, busca inmediatamente un refugio e invita a su equipo de trabajo a pasar por un restorán familiar que se encuentra en la misma calle del incidente.

Su secretaria toca una puerta de madera y enseguida sale una mujer con el rostro pintado de calavera e insinúa que pasen a conocer su casa y la parte interna del restorán. ¨Vengan, pasen por acá que les vamos a mostrar los preparativos para esta fiesta¨, dice la cocinera. Caminamos por un pasillo y nos dirigimos hacia la cocina, están preparando la comida para más de cincuenta personas que van a almorzar el día siguiente. ¨Ahora vas a conocer lo que es un altar¨, dijo entre risas la regidora.

Una mesa de madera tapada con un mantel, despliega tres niveles hechos con estantes de maderas y cubiertos de frutas y flores de cempasúchil de colores naranja y rojo. Arriba de todo, como una estrella de navidad, se hallan las fotos de los difuntos

– ¿Se comen la decoración cuando termina?, pregunté.

-Lo que no se pudre se puede comer: algunas frutas y los frijoles.

-¿Por qué hacen esto?

-Porque los difuntos para poder volver necesitan sentir sus cosas y poder oler sus comidas preferidas. Las velas y los olores los guían desde el inframundo y mientras dormimos ellos vienen a comer y tomar a su casa. Regresan para festejar.

-¿Realmente creen que regresan o hacen esto por costumbre?- indagué.

-Ellos vienen cuando dormimos, nos pueden escuchar… Vienen sus almas; te das cuenta que vinieron porque cuando termina la fiesta todo cambia: las flores pierden su aroma y las frutas quedan sin agua. Esto pasa porque son los difuntos los que vinieron y se robaron el aroma al olerlas y se tomaron toda su agua por la sed; hasta el mezcal parece evaporarse.

Los ochenta y cinco años de la señora regidora se dejan ver en el cansancio de sus piernas y pone fin al recorrido político.

Foto: Jenny Huey en Flickr

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