Hay pocas cosas de las cuales podemos estar completamente seguros en la vida. Quizás nunca sabremos si es cierto o no lo de la luz al final del túnel, pero sí sabemos que, eventualmente, dejaremos nuestro cuerpo para convertirnos en algo más, o en nada.

Suena terrible ese “nada”. Por algún motivo (que, supongo, la psicología sabrá explicar) nos asusta la idea de abandonar este mundo sin dejar un legado. Esta es una de las razones por las que muchos deciden emprender grandes proyectos, tener hijos, escribir, dejar marcas lamentables o magníficas en la historia: construir cosas que trasciendan su existencia terrenal, con el propósito de ser recordados.

La muerte es celebrada en todas las culturas de diversas formas: con rituales, memoriales, bailes, funerales. Silencio o ruido o lágrimas. Por acá, en el Sur del mundo, tenemos formas curiosas de despedir a los muertos: cuando en algunos pueblos remotos, y en unas cuantas ciudades también, se muere algún criminal conocido, salen a la calle grupos de personas con música, estruendo, motos, disparos al aire — mientras que un carro pasea por las calles la urna con el difunto –. Y si nos ponemos todavía más curiosos (o morbosos), encontraremos tradiciones como la de la tribu Yanomami, del Amazonas venezolano, en la cual comerse las cenizas del muerto representa su permanencia en el núcleo familiar.

Nos pueden parecer impactantes este tipo de costumbres. Esto se explica por la forma tradicional en la que pensamos que se debería despedir a un fallecido. Muchos optan por la cremación del cuerpo. Otros, por una linda urna con una ceremonia, quizás religiosa, en silencio y dándole el pésame a los allegados al difunto. O una mezcla de las dos. Viene siendo así desde hace mucho, y en amplias regiones. Y pues, como es de esperar, alguien debe hacer el trabajo que implica tal ceremonia: cavar la tierra, dar el sermón, construir la urna, arreglar las flores, etc.

Sin embargo, el mundo y sus tradiciones cambian, junto con sus dueños. Tal vez es entonces momento de preguntarnos ¿cuál será la próxima innovación en lo que se podría llamar el negocio de la muerte? Y utilizo la palabra negocio porque alguien supo ver aquí una oportunidad de mercado -cosa discutible en temas morales, que no vienen al caso-. Una oportunidad lo suficientemente astuta como para picar en el tema de la trascendencia…

Cinis Gem es una empresa argentina, encabezada por Benjamin A. Sánchez Cardarelli, que se encarga de transformar las cenizas de fallecidos en diamantes. Sí, leíste bien. Diamantes. Cuando el joven buscaba emprender un proyecto original, descubrió que existían laboratorios capaces de convertir entre 250 y 300 gramos de cenizas humanas (considerando que un cuerpo adulto genera 2,5 kilogramos, aproximadamente) o 10 gramos de cabello en una piedra preciosa. Ofrece un servicio fúnebre notablemente distinto que, a primera impresión, genera caras de extrañeza y muchas preguntas.

Imaginemos por un segundo que podemos llevar con nosotros un objeto físico que, literalmente, contenga a un ser querido. Es muy probable que siga sonando extraña la idea, pero no es menos extraño que guardar cenizas en algún lugar de la casa, o esparcirlas en el mar o en algún terreno. A la hora de la verdad, son restos de un ser humano que terminan siendo descartados o guardados.

 

Las cosas sólo son lo que queremos que sean: nada es más que el significado que le demos. Donde uno percibe una roca, otro ve la posibilidad de llevar consigo, de forma permanente, la esencia de una persona valiosa. Y, me parece, es más atractiva la idea de ver un diamante y pensar en tu esposo, padre, abuela, hermano o madre, que tener que abrir un cofre para encontrar polvo.

Cuando creíamos que se nos había acabado la creatividad en este nicho (nótese el doble sentido de la última palabra) surgen ideas como esta. Para los que quieren llevar consigo de forma material el recuerdo de un ser querido, Cinis Gem garantiza que “su precioso legado puede ser transformado en diamantes auténticos, creados sin manipulación de color ni otros añadidos. El proceso de transformación se lleva a cabo en Suiza, Estados Unidos o Brasil, donde se encuentran los laboratorios más avanzados del mundo”.

 

En la página web, se aclara que no existen bases legales que regulen o limiten la actividad en Argentina. También, se detalla con más precisión el proceso de creación del diamante (variaciones en color, tamaño, etc.) y los pasos a seguir en términos administrativos y de envío. (Para los curiosos, o interesados en convertir a alguien/convertirse en un diamante: www.cinisgem.com)

Nadie quita que, dentro de años, los diamantes sean el centro de nuestras tradiciones funerarias. Si bien no podemos responder a la pregunta de qué hay luego de la vida en la tierra de forma objetiva y sin entrar en temas metafísicos, hay algo que sí están dentro de las capacidades humanas: darle un significado al trayecto que recorrió esa persona importante.

Foto, Flickr por AKA

Foto de portada: .