A lo largo de la historia, los pensadores imaginaron utopías o lo que es lo mismo: ideas imposibles de realizar. Como por ejemplo, la idea de un sistema de gobierno en el cual todos podríamos participar sin importar nuestra sangre. En sus momentos, esta y muchas otras fueron rechazadas y desechadas por muchos como meras pretensiones de gente desconectada de la realidad.

Claramente, hubo prejuicios y posturas, ya dadas por verdaderas, que impedían la visualización de cómo estas utopías podrían llevarse a cabo. Cuando en el siglo XV se pensaba en quien podía ser un líder, se le pedía permiso primero a Dios y luego a la sangre de la realeza. Los comerciantes y los campesinos no entraban en la ecuación y hasta a este último grupo no se lo consideraba como uno libre, sino parte de la propiedad de algún Lord. Negarse a esto era un tanto difícil, siendo que la aparición de un par de hombres del Rey o Lord en la granja no era un buen augurio para los que se opusieran.

Cuatro siglos más tarde, las revoluciones y constantes guerras que azotaron al continente Europeo junto a la exitosa revolución de 1776 dieron vuelta el orden establecido y cada vez peligraba más la legitimidad de la monarquía. Para fines de la primera guerra mundial, la mayoría de las naciones europeas habían pasado a ser democracias debido a las desastrosas consecuencias de la Gran Guerra. Hoy por hoy, las monarquías están relegadas a un segundo plano y si alguien plantease volver al mandato de los reyes en Europa, lo tomarían por un mal comediante de stand up o alguien un tanto loco.

Sin embargo, no todas las utopías fueron exitosas. En Noviembre de 1917, se inició la máxima utopía para la clase obrera Rusa: La colectivización de los medios de producción y la instauración de una dictadura que defendiera sus intereses. Lo que tantos llamaban algo imposible de realizar, se había vuelto realidad en Rusia. Tuvo un enorme costo en sangre debido a una guerra civil con intervención internacional y luego la instauración de una dictadura totalitaria de la mano de Stalin. Este mismo sueño se terminaría convirtiendo en una pesadilla para sus seguidores. Ya en 1989, al mundo le quedaría claro que el proyecto de la revolución socialista en Alemania había fracasado y le seguirían en sus pasos las naciones que conformaban el Pacto de Varsovia. Luego, los regímenes autoritarios del proletariado o auto proclamados “socialistas” restantes pasarían, o bien a ajustar y endurecer su control sobre la población, o simplemente empezar a transitar por el camino del capitalismo.

Personalmente, no considero a la revolución del proletariado como una solución efectiva a los conflictos sociales. Los Trotskistas argumentan que la URSS se volvió una revolución fallida y no era la verdadera dictadura del proletariado. Sin embargo, a la muerte de Stalin no le siguió una relajación de la represión. Obvio, algo como la Gran Purga no volvió a suceder, pero los gulags siguieron existiendo y Honecker y Mielke se mantuvieron en sus puestos,a pesar de que sus jefes Soviéticos fuesen infinitamente menos represores que ellos. ¿Qué podríamos decir de Cuba, China, Corea del Norte y todos los países Africanos que se volvieron socialistas? Todos terminaron degenerándose y desviándose de sus planes originales. Todos tuvieron (y tienen) sus nomenklatura y tolkachs. Hasta los mismos anarquistas y socialistas españoles se encontraron en la misma situación en 1936 con los estalinistas tomando el liderazgo del bando republicano y relegando a la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y a la FAI (Federación Anarquista Ibérica) a un segundo puesto. Claramente, la acumulación del poder en una institución sin intención de recibir feedback y procesarlo para implementar soluciones a las demandas o necesidades de la gente, corre el enorme peligro de ser utilizado para el beneficio de unos pocos en detrimento de una gran mayoría. Todas estas utopías fracasaron notablemente. Algunas lo hicieron de un instante a otro, mientras que otras lo hicieron de manera más paulatina.

Tampoco considero que un capitalismo sin regulaciones o libre mercado irrestricto es la solución a todos nuestros problemas. Es otra utopía destinada al mismo resultado que el comunismo, entendido como la etapa próxima a la dictadura del proletariado. Mas desigualdad social, más poder acumulado en unos pocos y más descontento social.

Para empezar, es la misma lógica que tiene el marxismo. Una dialéctica entre Estado y empresa, siendo que a la sociedad le beneficiaría más que la empresa obtenga más poder sobre el Estado.

Al leer este párrafo posiblemente me van a criticar y resaltar que dije “empresa” cuando en realidad lo que se plantea es “individuo”. Un individuo no tiene poder alguno frente a un Estado o una empresa. Solo cuando se junta con muchos otros “individuos” pasa a tener algo de influencia lo que apoya. Pero ese grupo ya no es una sola persona. Hasta los mismos empresarios entienden esto, conformándose en uniones o sociedades que nuclean sus intereses. Y los mismos obreros también lo entienden. Ningún trabajador de fábrica va a plantear un aumento salarial solo, porque sabe que no tiene poder alguno, ni físico, ni económico, ni político como para poder obtener lo que solicita. De esto, el surgimiento del sindicato. El nivel de vida europeo, no se debe a una formulación de acuerdos de libre mercado, sino una larga historia de luchas y presiones de los sindicatos y el Estado hacia los empresarios.

¿No es absurdo criticar a la dictadura del proletariado, o cualquier Estado, debido al poder que tienen sobre los individuos, y al mismo tiempo negar que una empresa o mercado puede hacer lo mismo?  Es cierto, el objetivo de formar y adquirir capital no nos dice nada sobre qué quiere hacer el dueño del capital con este. Si bien el fin de la empresa es la ganancia, no nos habla nada del fin de su dueño.

Históricamente, no fue así y el fin del empresariado no fue otro más que la propia ganancia por ganancia. Si le pudiéramos decir a un empresario británico del siglo XIX que no va a poder contratar chicos para trabajar en minas, pagarle lo que quisiera a sus trabajadores y que sólo los va a tener trabajando 8 horas por día, posiblemente nos tome por jacobinos loquitos. Su contraparte estadounidense hubiese contratado a strikebreakers de Pinkerton para enseñarnos a no pensar mal…

Hoy por hoy, también sigue siendo así. En muchos países asiáticos persisten y se mantienen condiciones de trabajos que rozan la esclavitud. El argumento esgrimido por aquellos que justifican esto, es que la paga que les ofrecen es infinitamente mayor que la que obtendrían trabajando en el campo y que por ende es una decisión propia. Pregunto: ¿Incluye también el hecho de que los chicos nacidos ya en ciudad tienen que trabajar 14 horas? ¿Incluye el hecho de que las empresas no llevan a cabo los procesos de tratamiento para desechar los químicos utilizados en las tinturas de ropas? ¿El hecho de que trabajen en condiciones inhumanas? ¿El hecho de que no se les permita a los trabajadores asociarse? Si nos paramos en el lado de que cada ser humano es una mera mercancía, no tendríamos que tener problema con esto. Pero luego, no nos quejemos si viene una horda con banderas rojas a matarnos.

¿Será mera coincidencia que esto no sucede en la misma extensión en aquellos países que tienen un Estado que regula y castiga estas prácticas? Lamentablemente, no es absolutamente así. Nosotros tenemos, a menos de 5km de la Di Tella, talleres clandestinos y personas trabajando en condiciones de esclavitud.

Probablemente, la respuesta es de vuelta “es culpa del Estado, siendo que impide a otras empresas instalarse en la zona u ofrecerles un mejor salario a esas personas” ¡Estamos negando que el poder económico no se traduce a ninguna otra clase de poder! Shell no ofreció compensación alguna, ni acepto su responsabilidad por los conflictos en el delta del rio Niger hasta que la presión pública los forzó a admitir que la manera en la cual trabajaban fomentaba el conflicto y la contaminación ambiental ¿Entonces, vamos a depender de una improbable causa empresarial altruista, o preferimos forzar ciertas condiciones y castigar estas actitudes con una institución que los vigile?

¿Y entonces que Utopía debemos perseguir? Un compañero de la facultad, Pedro Landin, dio una increíble presentación el viernes antes de los finales, en la cual argumentaba que dejemos de progresar ¿Por qué? Porque al fin y al cabo no obtenemos nada más que más ansias de seguir progresando, no nos hace más felices y en todo caso no nos damos cuenta de que estamos destruyendo a nuestro medio ambiente, fuente de nuestro sustento y existencia.

Antes que nada, no adhiero plenamente a la idea, ya que la existencia humana se deshace de sufrimientos e impedimentos con el progreso tecnológico, pero estoy de acuerdo en que habría que redefinir que queremos como sociedad, y qué planteamos como lo que deberíamos alcanzar.

Hablamos día a día de producción total, inversión extranjera total y consumo de bienes y servicios, gasto total pero no estamos hablando de calidad de aire, calidad de agua, zonas para recreación, energía renovable, cuidado del medio ambiente en general, efectos negativos del mundo digital en nuestras vidas diarias y el desarrollo humano atado a las realidades económicas. Pensamos o creemos que un país que más produce, mejor nivel de vida va a tener.

La gran mayoría de las naciones que mayor puntaje obtienen en el índice de desarrollo humano ajustado por desigualdad, son sociedades que no le dan una carte blanche al libre mercado irrestricto ni al Estado absoluto, sino que entienden que el progreso humano y la felicidad no dependen exclusivamente de cuantos cero kilómetros una fábrica puede sacar en un año, por dar un ejemplo, sino que dependen, en gran parte, de necesidades que no se cumplen sólo con productos físicos y que el empresariado no tiene interés en cubrir. Para dar un ejemplo, Noruega tiene como ley el libre paso por dos días por cualquier territorio privado que no sea utilizado para fines habitacionales o productivos. Increíblemente, esta idea, va en contra de los pilares más fundamentales de la propiedad privada.

Deberíamos considerar como potencia a un Estado que pueda cubrir a todos sus ciudadanos y protege el futuro de las generaciones por venir. No cuanto PBI anual puede obtener y que proyección militar tiene. A pesar de ser la mayor potencia del mundo, una gran parte de la sociedad de Estados Unidos vive en la ignorancia, pobreza o sumergida en deudas sin poder acceder a muchos servicios fundamentales. Al otro lado del océano, el Estado de Finlandia realiza workshops anuales, en los cuales la población participa para discutir y visualizar cómo será el futuro. La diferencia es abismal y tan solo depende del Estado.

El Estado argentino, entonces, tendría que configurarse de esa manera. No estoy hablando del fallido proyecto kirchnerista. Eso es simplemente atender las necesidades de corto plazo para sustentarse en el poder. Estoy hablando de un Estado que implemente controles y castigos severos a aquellas empresas que dañen el patrimonio de todos –el medio ambiente y que promueva desde las escuelas y publicidades el consumo responsable, que informe correctamente sobre los efectos de la alimentación y el ejercicio –como hacen Suecia y Brasil-, que busque proveer una calidad educativa de excelencia y que incentive mercados y el desarrollo de nuevas tecnologías de producción más limpias.

Esto es una realidad en muchos países. No deberíamos dejar pasar esta idea por el hecho de estar en la situación que estamos como país. Si bien Argentina tiene sus problemas, deberíamos cambiar las prioridades y nuestros objetivos,  y encaminarnos hacia esa nueva utopía. Aunque fallemos en alcanzarla plenamente, no nos vamos a encontrar en una situación que lamentemos, sino todo lo contrario.

Foto: Flickr por dykiert

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