Camden Town es un barrio londinense donde todo puede pasar. Los clubes de música alternativa se multiplican en las esquinas como por generación espontánea. Es hogar del mercado callejero más variado y extravagante de Londres. Alberga lo viejo y lo nuevo de la vida londinense, materializado en el antiguo parque de caza de Enrique VII, Regent’s Park y bares como The Good Mixer donde eran asiduos clientes los hermanos Gallagher de Oasis. Pero Camden también fue testigo del ascenso meteórico y subsecuente derrotero de la carrera de Amy Winehouse. El 23 de julio se cumplieron cinco años de su muerte. En los siguientes párrafos, me permitiré rendirle un homenaje a su talento e intentaré comprender la obstinación de la industria del entretenimiento por documentar su caída volviendo a la problemática chica londinense y a su inmenso talento, en una combinación explosiva.  

La carrera de Winehouse comenzó y terminó rápido. Después de dejar la secundaria, se embarcó en la aventura de buscar un sello discográfico con la ayuda de su mejor amigo. Lo consiguió, finalmente, firmando por la misma productora que había lanzado al estrellato a las Spice Girls, en los noventa. La diferencia entre cualquier otra aspirante a cantante y este caso es que Winehouse, no sólo era un talento de esos que ya no vienen, sino que era única. Tony Bennet la puso a la altura de Billie Holliday y Dinah Washington, dos de las grandes voces femeninas del jazz. Había algo en sus letras, una honestidad brutal que se contagiaba a su voz y se esparcía como pólvora. No solo se trataba de su particularidad como cantante, sino también como poeta. Su segundo y último disco de estudio, por el cual sería recordada, fue una colección de canciones autobiográficas escritas durante uno de los momentos más oscuros de su vida, marcado por infortunios con su traumático novio, drogas y, sobre todo, alcohol. De esas experiencias, Winehouse exprimió la esencia de su disco que amontona varias canciones que atraviesan un tobogán emocional, desde la profunda tristeza del abandono en “Back to Black” hasta el optimismo de supervivencia en “Tears dry on their own.” Fue un tortuoso camino intentar componer este LP para la productora de la cantante, que la obligó a rehabilitarse a sus 22 años si deseaba realizar un segundo disco. Sobre esta célebre disputa está basada la canción “Rehab”, primer sencillo del disco que la catapultó en las listas de ventas en el Reino Unido y Norteamérica. A partir del 2008, su carrera comenzó a flaquear. Las noticias dejaron de hablar sobre su innegable talento y pasaron a contar historias sobre Amy y su novio, sus adicciones, sus problemas familiares, sus desafortunadas actuaciones. El tercer álbum de Winehouse, no solo pasó a ser un difícil desafío, sino que se convirtió en una utopía. Solo se trataba de sobrevivir día a día. Con un guardaespaldas viviendo en su propia casa para procurar su sanidad, la cantante le confesó amargamente que estaría dispuesta a devolver su voz si con eso conseguía caminar por la calle tranquila.

Los reporteros gráficos, buscando la primicia que más vendiera en las planas de los diarios británicos, estaban frecuentemente amontonados en la puerta de su casa. Las obligaciones comerciales para promocionar sus giras hicieron que la cantante se hartara de su propio disco. El material, no sólo se sentía viejo para ella misma y para su banda, sino que también dejó de ser noticia para la prensa. El problema de Winehouse, fue dejar de ser la mejor voz contemporánea, para convertirse en la problemática cantante de jazz británica. Es decir, su crisis comenzó al dejar de ser cantante y pasar a ser una celebridad. La fama que implicó su voz cautivante y la crudeza con la cual escribía sus canciones fueron relegadas. En su lugar, nació la tristemente célebre artista conflictuada, víctima de excesos y marca registrada de la condena pública por exhibir, sin desearlo o de manera inconsciente, las miserias de una personalidad problemática.

La exposición que implica la celebrity culture deviene de la atención que atraen estas figuras públicas por ser famosas en sí mismas, popularmente, conocidas solo por el simple hecho de ser populares. El arte por el cual llegaron al escrutinio público pasa a segundo plano y el foco se pone en los aspectos más íntimos de su vida. La sociedad occidental del siglo XX, se alimenta de esta celebrity culture a partir de su transformación en una sociedad exclusivamente de consumo, que produce a la celebridad como un producto a vender, dejando de lado su materia prima. Lo que importa ahora es solo el valor agregado, de corta vida, que necesita ser renovado y vendido nuevamente. La celebridad es el resultado de un proceso efímero, mientras que la fama es el legado último que tiene chances de alcanzar la posteridad. Durante los últimos años de su vida, Winehouse fue solo lo primero. Un conjunto de desafortunadas apariciones en público. ¿Por qué esta obstinación con la diva y sus demonios (tal como la llamó la Rolling Stone)? La celebrity culture tiene un solo y único valor: la publicidad. En la industria, hay expertos en ella que se encargan de vender los aspectos más minúsculos y convertirlos en primeras planas. La voracidad de esta cultura tiene que ver con esto; esa necesidad imperante de renovar permanentemente la historia para vender, o al menos hacerla nueva, una y otra vez, aunque sea la enésima vez que la artista se tropieza en el escenario, o balbucea sus letras mientras sostiene un vaso rojo frente al público.

A cinco años de ese fatídico sábado 23 de julio, la vida de Winehouse parece estar tomando otro cariz. Su imagen pública, muy a su pesar, terminó asistiendo a rehabilitación en el último documental de Asif Kapadia, donde se busca el lado más humano de la cantante y se buscan respuestas a su errático comportamiento. La apreciación de su talento, sin embargo, debería mantenerse en lo que realmente era única. Esa combinación de poesía y voz tan particular que resuena cada vez que se escucha alguna de sus canciones. Amy Winehouse escribía y cantaba apasionadamente, y terminó viviendo de la misma manera. No hubo aspecto de su vida en el que no volcara enteramente su alma, donde no se entregara de manera completa. Eso es lo que sucedió con ella y su transformación en celebridad. La industria del entretenimiento absorbió a esta rara avis antes de que se consumiera en sus propias cenizas.

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