El Bicentenario de la Independencia abre el debate a una serie de preguntas: ¿Cuánto realmente sabemos sobre el 9 de Julio? ¿En qué condiciones se encontraba la patria a la hora de llevar a cabo la radical decisión de independizarse? Y por último, ¿cuán importante es saber esto?

 Vicente Fidel López, uno de los primeros historiadores argentinos junto con Bartolomé Mitre,  aseguraría que “El Congreso [de Tucumán] recibía la patria casi cadáver”. Y la verdad es que el panorama que enfrentaba la naciente nación no era muy prometedor. Hagamos un repaso.
 Los movimientos revolucionarios en toda América Latina desde México hasta Chile iban cayendo uno a uno. La caída de Napoleón restauraba en el trono del imperio español a Fernando VII, “el deseado”, quien estaba totalmente dispuesto a recuperar sus posesiones de ultramar. Por otra parte, la amenaza de una invasión portuguesa a la Banda Oriental era cada vez más apremiante. En el plano internacional, como vemos, la cosa no pintaba para bien.
 Tampoco lo hacía en el plano interno. Los triunfos realistas en América paralizaban el comercio que las provincias habían entablado con el Alto Perú y Chile. Las fuerzas militares enviadas al Norte a combatir el avance del ejército español debilitaron las fronteras con los pueblos nativos, quienes aprovecharon la situación para saquear y mermar la producción ganadera. En este contexto, las producciones regionales se estancaron y, sumadas las altas rentas destinadas a proveer al ejército revolucionario, provocaron una situación económica difícil de superar.
 Por si fuera poco, José Gervasio Artigas, caudillo de la Banda Oriental, tenía dominado el litoral argentino bajo la “Federación de los Pueblos Libres” integrada por Córdoba, Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, Misiones y la Banda Oriental. Por su parte, Güemes, caudillo salteño con importante peso en el norte argentino, escatimaba su apoyo al Congreso. Era común escuchar en las calles salteñas el grito de “¡Mueran los porteños!”
 El capitán Guillermo Bowles, marinero británico y hábil observador de los sucesos de 1816, escribía que “el antiguo entusiasmo que despertaba antes el grito de libertad o independencia se había desvanecido casi por completo”. El emergente país no afrontaba más que dificultades. Quizás justamente por ello, el “cadáver” patrio se aprestaba a realizar el Congreso que consagraría el acto institucional de mayor trascendencia de la vida política argentina. Este cadáver estaba ansioso por levantarse nuevamente.

 Era necesario, entonces, declarar la independencia política respecto a España para evitar que los peligros internos y externos terminaran echando por tierra aquello logrado el 25 de Mayo, seis años atrás.
 Tras una serie de sesiones y cabildeos previos, la sesión definitiva fue inaugurada a las 8 de la mañana el 9 de julio de 1816 y duró nueve horas continuas (Jesús se crucificó, ellos se saltaron la siesta; todo sea por un futuro mejor). Se dice que al leerse la propuesta para el voto “si querían que las Provincias de la Unión fuesen una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli”, dicha propuesta no pudo terminar de ser leída ya que todos los diputados “llenos del santo ardor de la justicia” votaron por aclamación. A continuación, se pidió a los diputados firmasen el Acta de la Independencia, que dicho sea de paso fue robada durante su envió a Buenos Aires. Lo que hoy en día nos llega son simples copias del original ¿bien argento todo, no?

 Pero, ¿y de qué no sirve saber todo esto? ¿Para qué me sirve saber la historia de nuestro país? Sinceramente, para casi nada. O mejor dicho, lo importante no es saber la historia nacional, sino dejarse inspirar por ella e iluminarse con los grandes personajes que nuestra historia nos brinda. Y los momentos fundacionales de nuestra patria son buenos para ello: allí no encontramos peronistas ni antiperonistas, no hay “zurdos” ni “fachos”. Creo yo que recuperar esta historia tan lejana, pero llena de patriotismo, de sentimientos de fraternidad y de unión y de una genuina vocación por lograr la igualdad entre hermanos, es saludable como sociedad. Efemérides tan importantes como la declaración de nuestra independencia deberían llevarnos a la reflexión y a dejarnos inspirar por los padres de libertad. Siguiendo esta idea, me gustaría cerrar este llamado a la reflexión con una carta escrita por José de San Martín, luego de que se negara reprimir a las fuerzas de Artigas:

Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón. Paisano mío, hagamos un esfuerzo y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieren atacar nuestra libertad. No tengo más pretensiones que la felicidad de la patria. Mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones políticas, como éstas no sean a favor de los españoles y de sus dependencias.

Foto Kurtcomlf en Flickr

Foto de portada: .