Resulta difícil pensar que, en algunas ocasiones, la música forma parte de aquellos típicos cálculos de costo-beneficio que la cúpula dirigente de un país hace a la hora de formular acciones de política exterior. Sin embargo, así sucede. Con esto no quiero decir que la Guerra Fría concluyó gracias a Charly García y su canción “Buscando un símbolo de paz”. Tampoco que la anexión de Crimea a Rusia, en marzo de 2015, sea resultado directo de una profunda interpretación por parte de Putin del estribillo “Yo quiero mi pedazo” de los Ratones Paranoicos. Mi argumento gira en torno al hecho de que las decisiones de política exterior no están en su totalidad atadas a factores materiales, visión propia del realismo político. No es sólo el poder y el interés nacional lo que motiva a un dirigente a tomar cierto camino, sino que detrás se esconde también un marco normativo, dentro del cual la música ha sido protagonista.

En 1964, Estados Unidos entraba de manera directa en la Guerra de Vietnam. Alegando que fuerzas pertenecientes a Vietnam del Norte habían atacado barcos estadounidenses que se encontraban en aguas vietnamitas (hecho conocido como el Incidente del Golfo de Tonkin, que posteriormente se probó falso). Se aprobaba, el 7 de agosto de ese año, la llamada Resolución del Golfo de Tonkin. Esta establecía que el Congreso otorgaba carta blanca al presidente para llevar a cabo “lo que fuera necesario, incluyendo el uso de la fuerza, para asistir a los países de la OTSA (Organización del Tratado del Sudeste Asiático) en defensa de su libertad”. Estados Unidos se sumergía por completo en una guerra que iba a tener como principal enemigo la opinión pública.

Nina Tannenwald desarrolla en su libro “The Nuclear Taboo: The United States and the Normative Basis of Nuclear Non-Use” la manera en la cual las masivas protestas en Estados Unidos, contra la Guerra de Vietnam, frustraron los planes de Nixon de llevar a cabo la operación Duck Hook. Esta operación consistía en un bombardeo masivo de Hanoi, Haiphong y otras áreas estratégicas de Corea del Norte, así como el posible uso de armas nucleares para destruir aquellas vías de conexión con China. No resulta extraño que su fracaso estuviera motivado por el contexto en el cual se planeó. Duck Hook tenía como punto de inicio el otoño de 1969. Ese mismo año, Jimi Hendrix hacía sonar su Fender Stratocaster al ritmo del himno de los Estados Unidos en el mítico festival de rock y folk “Woodstock Music & Art Festival”. Sin embargo, no se trataba del clásico himno compuesto con trompetas, clarinetes y bombos. Esta vez, fiel a su estilo desprolijo e innovador, el mejor guitarrista de todos los tiempos hacía uso de su virtuosismo para simular con su guitarra el ruido de bombas, gritos y un sentido de confusión propios de una guerra. Frente a él, decenas de miles de personas escuchaban extasiados. Otra de las apariciones que marcó el festival, fue la de Country Joe and The Fish, cuyas letras encierran mensajes con gran contenido social. Se asomaba la noche de aquel sábado 16 de agosto de 1969, cuando la banda cerró su presentación de la mano de su popular canción “The Fish Cheer”: And it´s one, two, three, what are we fighting for? Don´t ask me I don´t give a damn, next stop is Vietnam [Y es uno, dos, tres ¿Por qué estamos peleando? No me preguntes, no me importa una mierda, la próxima parada es Vietnam] corearon sus fans repetidas veces a la par de Country Joe McDonald.

Además de Jimi Hendrix y Country Joe and The Fish, se presentaron otros artistas tales como Creedence Clearwater Revival y Janis Joplin, alrededor de los cuales se congregaba la comunidad hippie. Caracterizada por su discurso pacifista, que abogaba por el “amor libre”, conformaron uno de los principales focos de protesta ante la política exterior estadounidense. Unidos por su fanatismo hacia el rock psicodélico, groove y folk, dejaron su marca en la década del 60. Queda en claro que no eran años convenientes para adentrarse en un conflicto bélico.

Si bien el festival de Woodstock, indiscutiblemente, no es, ni abarca en su totalidad al movimiento de protesta contra la Guerra de Vietnam, sí funciona como un símbolo capaz de representar el estado en el cual se encontraba gran parte de la población estadounidense.  Es por esta razón que me parece provechoso detenernos a pensar la situación de la época en términos contrafácticos. ¿Qué hubiera pasado en Estados Unidos sin un Woodstock? ¿De qué manera se hubieran desarrollado los acontecimientos sin el nacimiento de un movimiento contracultural que, entre otras cosas, estaba unido por la música? Demás está decir que la música no impidió las atrocidades que se cometieron durante la Guerra de Vietnam, pero sí acompañó a aquellos movimientos de protesta que pidieron, y hasta cierto punto, lograron que la guerra no fuera llevada hacia otro estado aún más penoso.

Foto de portada: .