En el video que pasan en el Parque Nacional Grand Canyon, una voz en off acompañada por una secuencia gráfica explica el proceso inconcebiblemente lento de formación del paisaje: las placas oceánicas sumergiéndose bajo el territorio norteamericano y atrayendo una cadena de islas volcánicas; esas ínsulas colisionando contra la placa continental y fusionándose a altísimas temperaturas como basement rocks, la lluvia y la nieve desgastando las montañas inmensas hasta volverlas planicie. Ya expuestas las basement rocks como basement floor, emerge un suelo de crestas calizas, cuencas areniscas y lava acumulada que se fractura, se separa, y choca una y otra vez, determinando la ruptura y el ladeo del supercontinente como consecuencia de una fricción milenaria. Por último, el océano adentrándose en un territorio de restos desperdigados de rocas, abriéndose paso por las cuencas que hoy conocemos, y así, millones de años en veinticinco minutos.

El sempiterno sol, veo durante la caminata, embellece el poniente: el occidente que los demócratas y los republicanos contemplaron alguna vez en el siglo XIX, cuyo poder estuvo en pugna casi tan eternamente como su misma existencia, sigue disputándose con las mismas fracturas y las mismas fricciones.

Los primeros días de asimilación con el primer mundo que tan tan lejos queda, fotografié los spots menos googleables y que sí me parecen interesantes. O sea: Alcatraz de lejos, no. La fachada del Inn, menos; la perspectiva trigonométrica del Golden Gate de frente, tampoco. La fusión étnica oriental-mejicana en los bondis de San Francisco junto con los monólogos subidos de tono de los homeless en plena vereda sobre la Powell Street (una de las calles principales); la comunidad fumaporro — otrora movimiento hippie— de la Haight Ashbury tapizada de graffitis y el juego de luces filtrándose en los árboles de las avenidas en Carmel, eran mis preferidos.

En ésta era, las personas no podemos conectar con el Cañón del Colorado: son demasiadas las fotos parados en una roca posando mirada al vacío y después saltando de esa roca, las selfies metralleta para que en Instagram se vea uno en la mayor cantidad de puntos geográficos del mundo, los benditos selfie sticks peleándose para erigirse más alto que cualquier otro selfie stick y archivar momentos bien escenografiados. Instintivamente quise evitar esas fotos para después no tener que preguntarme qué estábamos haciendo realmente. De vez en cuando no sé qué hago durante un transcurso largo de tiempo y eso da una sensación de angustia por la nostalgia vacía.

En el tramo de la ruta 40, que atraviesa los estados de California y Nevada, me senté atrás de todo en la van que alquiló mi viejo, una Toyota Sienna espaciosa en la que podés arrellanarte y meter un montón valijas sin que te molesten, además, los del car rental de San Francisco son super amables y, me sorprendió, extremadamente claros. Ahí nos dijeron, antes de que preguntara, que para manejar tenías que tener mínimo veinticuatro; también nos dijeron, antes de que Papá preguntara las minucias que disfruta preguntar, todos los escenarios posibles frente a distintas opciones de seguros, todos los what ifs, pros & cons explícitamente resueltos.

Al final pagamos el más completo y la señora del rental me dijo que no le gastara toda la plata a mi father. Lo primero que me di cuenta después de días enclaustrada en shoppings y sin alguien que me acompañara a Barnes and Noble, se lo dije a Papá:

— En este país viven de ser amables —

— Sí — me dice — y la contracara de éstos son tipos encapuchados con ametralladoras en universidades y otros lugares públicos —

Desde el Grand Canyon, agarrás la ruta 40, tocás la 66 y seguís por la 58 para llegar a Sequoia Park. Las dos fichas TEG que coloqué en el mapa como cláusula para la negociación familiar de destinos preferidos, las coloqué en ese parque y en el de Yosemite. Todo el tramo antes de la última mitad de la autopista 58, por las ventanas del fondo del Sienna, veo desierto; arbustos agrestes a los que les llaman de la creosota y que parecen durísimos al tacto, una tierra fina y grisácea a los costados de la ruta que no conoce el agua hace décadas, siluetas onduladas a kilómetros sin civilización que las superponga.

Cerca de la civilización te das cuenta, es todo un tour enológico: las espalderas fueron colocadas por alguien en una infinidad de líneas rectas a lo largo de distintos terrenos, la disposición de los cultivos está pensada para mecanizar la cosecha y ahorrar mano de obra, la madera asegura la estabilidad y el alambre permite que la vid se enrosque, delicada.

Esas cosas, los cálculos para que algo salga más lindo, son solamente del hombre; el resto de los seres vivos no necesitan hacerlo.

Los shuttles que recorren por dentro Yosemite Park, aprendí, son bondis environmentally friendly por su condición híbrida. Andando en uno de esos conocimos a un matrimonio cincuentón muy educado de la ciudad de Madera, muy cercana del lugar en que estábamos parando. No llegaban a wasps, él era un guardabosques retirado y ella había sido profesora de arte, pero sí me llamó la atención cuando sus únicos argumentos — que expusieron sosegados cuando les pregunté por qué no les gustaba Obama — eran exclusivamente religiosos. Los argumentos que para casi un cuarto de la población estadounidense no son válidos, que en el colegio (acá y allá) enseñan a no utilizarlos. Cuando pregunté por Trump, la figurilla que últimamente me daba vueltas en la cabeza, su reacción de vergüenza y pudor me recordó mucho a la que yo atravesaba cuando los extranjeros me preguntaban por Cristina. Apenas se despidieron con sus formas agradables, empiezo a leer un folleto que me dio el señor mientras charlábamos, que, me contó, había escrito un amigo de él que visitó la Patagonia.  

Muy bien diseñado, tenía de fondo una colina y una familia de la mano subiéndola. Los colores tenues pero no tristes. Daba consejos para estar tranquilo, para conectar a Dios cristalizado en la naturaleza con tu cuerpo y, así, alcanzar el sosiego.  Todo bastante normal. El folleto entonaba como ellos, o ellos, quizás, como el folleto. En la parte de atrás, una explicación express del islamismo en tres párrafos: una demencia colectiva en la que básicamente te inducen a matar porque a Alá le gusta matar. Me costó vincular ese argumento con la pareja con que había intercambiado opiniones y palabras cinco minutos atrás.

A Sequoia llegamos tarde. En invierno oscurece a las seis, así que todo a partir de esa hora parece tarde. Caí derrotada en la cama a las diez para prender el televisor y ver un poco lo que pasara en el mundo fuera del oeste turístico de Norteamérica. Elegí CNN para (de?)formar mi percepción de la realidad, mientras la única de mis hermanas que estaba despierta, me miraba de reojo con cara de poné-algo-más-divertido, lo sentí, pero mucho no me importó, porque, con Trump como protagonista de absolutamente todo, entretenés a cualquiera.

Trump camina con paso relajado y seguro en el centro de un escenario, la panza envuelta por un sobretodo; a Trump lo retratan con titulares que dicen Trump esto o aquello. Trump mira, un poco a la multitud, un poco a la cámara; entornando su pelo republicano, rubio, blanco y millonario. Las esquinas de sus labios carnosos hacen todo el trabajo de una mandíbula prácticamente inmóvil: el ascento de Queens, que articula que, la fidelidad de sus seguidores es tal, que podría ir a Fifth Avenue, dispararle a una persona y “still not lose one single vote”.

En el McDondald´s de Santa Monica, ayudo a una vieja vestida de pólar y gorro pescador a entrar sus bolsas tipo ecológicas y un carrito. Me apunta con dedo napoleónico a una mesa específica y grita “at the back, the back, the baaaaack; no sé cómo decirle de manera educada que sí, le entiendo, que es cuestión de que llegue a la mesa que quiere, que todavía me quedan diez metros para caminar. Después dijo “thank you dear” varias veces seguidas y le pregunté qué le parecía Trump. Me dice que era un hombre sensato, que le parecía bien la política de inmigración que promete implementar. Le hago que sí con la cabeza, pero cuando atino a comentarle cómo se ven ciertos dichos bastante discriminatorios desde afuera, me interrumpe y levanta la voz débil, como una ardilla chilladora:

— Él dice; de 100 inmigrantes musulmanes, 99 podrían ser buena gente. Pero se necesita un solo terrorista para matar. Él solo está diciendo lo que todo el mundo quiere decir—

Nos saludamos con sonrisas y me deseó el bien. Mientras llenaba mi vaso con 7up en la máquina de bebidas, pensé que, en esa sola y última frase, tiene un poco de razón.

Foto de portada: Autor.