“Me voy a mis pagos” es una frase que suelo usar a menudo los fines de semana largos y que creo que muchos ditellianos usan. “¿Qué es ser un ditelliano del interior?” “¿Cómo nos adaptamos a esta gran ciudad?” Y “¿Cómo nos definimos ahora que vivimos acá?” Estas son algunas de las preguntas que voy a intentar responder según mi vivencia de estos casi tres años en UTDT.

Con tan solo 17 o 18 años muchos de nosotros debemos definir qué y en dónde estudiar. Para el adolescente del interior, Bs As puede llegar a ser una elección. Es así que de un día para el otro conoces la facultad, se organiza una mudanza, y cuando te querés acordar estas empezando a cursar. Al principio es todo muy nuevo, un sinfín de colectivos, muchos ruidos y demasiado asfalto. La realidad es que con el tiempo uno se acostumbra a todo eso o, en su defecto, le parece más normal. Lo que cuesta un poco más es vivir el día a día. Ahora tenemos que ser responsable de tantas cosas de las que antes no éramos (o por lo menos yo no era), como pagar las cuentas, lavar la ropa y hasta cocinar.

A estas nuevas responsabilidades se le suma el hecho de estar insertándose en la facultad, conociendo gente nueva y familiarizándonos con las demandas y exigencias que implican estudiar en esta institución. Muchos estudiantes del interior vienen a vivir solos o con sus hermanos, algunos tienen amigos de su ciudad que transcurren la misma situación en Capital, pero otros no. Lo difícil en este punto es poder dejar la vieja rutina, para adoptar la nueva: nuevos amigos, mayor libertad y también más responsabilidad.

Un patrón bastante común en la mayoría de los estudiantes del interior es disfrutar (tendiendo al límite) de esa nueva libertad que poseemos. No ordenar, no tener horarios, salir sin pedir permiso y una infinidad de otras cuestiones que surgen gracias al hecho de vivir sin nuestros padres o alguien que ejerza esa autoridad. Pero esto dura poco. Nos damos cuenta que si desordenamos debemos ordenar, o si no pagamos las cuentas en término luego tendremos que viajar hasta un lugar (mucho más lejos que el RapiPago) para saldar la deuda. Me gusta creer que todos estos factores generan que crezcamos un poco o por lo menos lo intentemos.

En el momento que uno abandona su hogar para sumergirse en “La mágica ciudad de Buenos Aires”, debe desprenderse de sus seres queridos y lugares preciados. Este “destete”, nos hace fuertes en ciertos momentos y al mismo tiempo es nuestro talón de Aquiles. Aprendemos a extrañar menos y a pasar de mejor manera los domingos, pero en épocas de alto estrés (como finales o parciales), lo único que queremos es estar en nuestra casa con los seres que apreciamos y extrañamos.

Por lo general, cuando uno le menciona que es del interior a algún mayor suele sentir que ellos sienten empatía. Esto resulta ser así porque ven el lado oscuro de esta historia. Claramente piensan qué tristes se pondrían si nosotros fuésemos sus hijos, o como nosotros debemos extrañar.

La parte linda de esta historia, o la que yo considero positiva, es que al vivir acá uno trata de encontrarle la vuelta. Vivimos en una ciudad muy distinta a lo que acostumbramos. Entonces: ¿Qué hacemos? ¡Disfrutarla! Cuando nos damos cuenta de esto, entonces, comenzamos a deleitarnos con lo que Buenos Aires tiene para ofrecernos. Tenemos la oportunidad de enfrentarnos a un abanico de oportunidades y programas que en nuestras ciudades quizás no. Como teatro, cine, museos, boliches, bares y otras actividades que por lo general son escasas en el interior.

Ya insertos en la facultad conocemos amigos, que quizás se encuentran en la misma situación que nosotros y les viene bien tener alguien con quien contar cuando por ejemplo nos sentimos solos. También nos hacemos amigos de gente que vive acá, en mi caso conocí muchas amigas con familias espectaculares que me abrieron la puerta de su casa y me tomaron como una hija más. De estos amigos aprendí muchísimo, tanto de su vida, como también de la situación de la provincia donde vivían, así como también ellos de la mía. Uno cree saber sobre el interior del país, pero considero que escucharlo de la boca de alguien que vivió ahí genera un valor agregado.

Por supuesto, nunca están demás las fallas comunicativas asociadas a las distintas expresiones que usamos en nuestro país. En mi caso, me sorprendía muchísimo escuchar a mis amigas hablar con palabras en inglés en el medio de una conversación, mientras ellas creían que viajar en un “colectivo lechero” era viajar en un camión que transportaba leche, cuando a lo que yo me refería era viajar en un colectivo de mediana o larga distancia que tiene muchas paradas.

El secreto para lograr una adaptación es el tiempo. Con el tiempo nos hacemos amigos, con el tiempo nos acostumbramos a los ritmos de capital, con el tiempo extrañamos menos y con el tiempo aprendemos a manejar nuestros tiempos. Con el tiempo también nos damos cuenta que empezamos a llamar “casa” lo que antes denominamos como “el departamento en el que vivo en Buenos Aires”.

Y ¿Cómo nos definimos ahora? En lo particular, yo me defino como una híbrida: hablo demasiado aporteñada para la gente del interior, pero me sigo comiendo las “eses” para la gente de Capital. Puedo disfrutar lo que una gran ciudad puede ofrecer y a la vez divertirme cuando estoy en mi provincia, Entre Ríos. Me muevo e informó pendiente de todo lo que sucede en la ciudad de las luces, así como también me mantengo al tanto de las novedades en mi querida Concordia.

¿Se puede estar en dos lugares al mismo tiempo? Tengo fe de que . Y es, sin duda, la mejor de las situaciones en las que uno se puede encontrar.

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